Cuando la ironía y el sarcasmo es irresponsable
Diego Palomo. Abogado. Doctor en derecho procesal y académico de la Universidad de Talca.
Durante mucho tiempo en el mundo hemos tendido a enfrentar a ciertos personajes públicos con ironía, sarcasmo o derechamente con burla. En la actualidad basta poner la mirada al actual inquilino de la Casa Blanca, Mr. Trump, o dirigirla allende los Andes e intentar entender todo lo que sigue a los gritos e insultos propios de un barra brava del fútbol, o del rock, Milei, seguido casi siempre de un ambiente decadente, que sin embargo funge de presidente de una gran nación como la Argentina.
Los tratamos, a uno y a otro, como si fueran tipos excéntricos, dogmáticos intransigentes y fanáticos o casi siempre como impresentables caricaturas narcisistas en un permanente ridículo, convencidos de que eso mismo bastará para neutralizarlos. Nos reímos de sus gestos, de sus frases para la galería, unas menos inteligente que las otras, unas menos prudente que las otras… de sus excesos lingüísticos, de sus decisiones, y al hacerlo creemos – o queremos creer – que el problema se reduce a una mala puesta en escena o a simples errores de comunicacionales o derivados de la torpeza extrema. Pero cabe preguntarse cuál es un enfoque correcto.
Puede que tomar como payasos a algunos líderes políticos no solo no baste, sino que incluso sea una forma de irresponsabilidad. Una forma cómoda, y peligrosa, de transformarse en cómplices de lo que están haciendo. La risa, cuando reemplaza al análisis, se vuelve riesgosa.
Mientras muchos se entretienen comentando sus innumerables torpezas, dejan de examinar con seriedad las decisiones que se adoptan, el poder que concentran y las consecuencias reales de sus actos. Es que la caricatura tranquiliza, desahoga, descomprime, pero también adormece a la gente, que deja de estar alerta. Hay algo inquietantemente cómodo en pensar que todo se explica por la incompetencia, la limitación o el narcisismo de quien gobierna.
Si el problema es solo que el líder es ridículo, impresentable o torpe, entonces no hace falta revisar las instituciones, ni las reglas, ni las responsabilidades colectivas que permitieron que llegara hasta ahí. La burla funciona, en ese escenario, como una coartada: nos permite mirar desde una distancia aséptica, sin asumir que lo que está en juego es mucho más serio de lo que parece. Además, se olvida con demasiada facilidad que el poder no deja de ser poder porque resulte grotesco.
La historia mundial – y de América – está plagada de decisiones profundamente dañinas tomadas por personas que muchos consideraban extravagantes, exageradas o simplemente absurdas. Reírse de ellas no impidió que se aplicaran. Por eso, reducir a ciertos líderes a la categoría de payasos más o menos simpáticos – reenviando chistes por redes sociales o celebrando cada torpeza como si fuera un espectáculo – puede ser una forma de autoengaño.
No todo lo que parece ridículo es inofensivo, y no todo lo que provoca vergüenza ajena carece de peligro. Cuando el poder se ejerce sin contrapesos suficientes, cuando se desprecia la legalidad o se trivializan las reglas, lo irresponsable no es tomárselo demasiado en serio, sino exactamente lo contrario. Tal vez vaya siendo hora de terminar con la risa tonta y ser más responsables.
No para renunciar al sentido del humor, que siempre será necesario, sino para recordar que hay momentos en que la ironía no basta. Hay situaciones en que lo sensato ya no es reírse del payaso, sino preguntarse quién le entregó el escenario, quién sostiene el telón y, sobretodo, quién sigue aplaudiendo.
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