Cuando la información desinforma
Hay una paradoja que define nuestra época: nunca hemos tenido acceso a tanta información y, al mismo tiempo, nunca ha sido tan difícil saber qué es verdad. El caso de las becas Chile, protagonizado por la ministra de ciencia tecnología conocimiento e innovación, Ximena Lincolao, no es una anécdota de comunicación mal manejada. Es un síntoma de algo más profundo y más peligroso: la erosión del lenguaje como instrumento de verdad, y con él, la erosión de la confianza en quienes gobiernan.
El lunes 23 de marzo, en una sesión de la Comisión de Ciencia de la Cámara de Diputados, la ministra Ximena Lincolao confirmó la suspensión de las becas de magíster y posdoctorado en el extranjero. La noticia circuló de inmediato. Investigadores, investigadoras, estudiantes, académicos y académicas reaccionaron con alarma.
La organización Investigadores Becas Chile se pronunció. El recorte tenía nombre, cifras y justificación: la reducción presupuestaria de 588 mil a 565 mil millones de pesos, enmarcada en el ajuste fiscal del sector público. Hasta ahí, una decisión discutible, pero entendible.
El domingo 13 de abril, tres semanas después, la misma ministra dijo algo radicalmente distinto: “Nosotros nunca anunciamos que íbamos a cortar Becas Chile”. Explicó que sus palabras en el Congreso fueron “una respuesta” a una pregunta de una diputada, que se trataba de “una propuesta en evaluación” y que “no es una decisión zanjada”. Ninguna mentira técnicamente comprobable.
Y, sin embargo, algo se rompió. Hannah Arendt advirtió, con una gran lucidez que la mentira política no destruye solo la verdad de un hecho concreto. Destruye algo más fundamental: el mundo común, ese suelo compartido de realidad sobre el cual los ciudadanos pueden actuar y deliberar juntos.
Este concepto de “mundo común”, es la clave para entender por qué la manipulación del lenguaje público no es un asunto meramente comunicacional sino político en el sentido más profundo. Lo que hizo la ministra Lincolao no fue exactamente mentir. Fue algo más sofisticado y en cierto modo más dañino: retroactivamente redefinir el estatuto de sus propias palabras.
Lo que fue presentado como una confirmación pasó a ser una “propuesta en evaluación”. Lo que fue recibido como un anuncio oficial fue reencuadrado como una respuesta informal a una pregunta parlamentaria. El hecho no fue negado; fue disuelto.
Los hechos son tratados como si fueran tan maleables como las opiniones, convirtiendo lo ocurrido en un mero “me parece” que cada cual puede disputar según su conveniencia. Las palabras de una ministra en el Congreso tienen efectos en el mundo real, independientemente de si, tres semanas después, ella decide que no fueron un anuncio. Además, esto revela un patrón que va más allá de este caso: la información oficial se emite en un registro, y sus consecuencias se producen en otro.
La confianza en las instituciones se construye con coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, entre lo que se anuncia y lo que se sostiene. Cada vez que una autoridad de gobierno reformula retroactivamente sus declaraciones para eludir responsabilidad, extrae un pequeño capital del fondo común de credibilidad institucional. El problema es que ese fondo no es infinito.
Cuando la información desinforma sistemáticamente, no solo genera confusión. Genera cinismo. Y el cinismo es el estado de ánimo que hace imposible la democracia deliberativa, porque elimina la posibilidad de que los ciudadanos crean que la verdad importa.
Arendt lo señala: El resultado de una sustitución constante y total de la verdad fáctica por mentiras no es que la mentira sea ahora aceptada como verdad y la verdad difamada como mentira, sino que se destruye el sentido con el que nos orientamos en el mundo real”.
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