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Cuando dos grandes se juntan: Silvio Rodríguez y Chico Buarque en La Habana
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22:30 · Chile

Cuando dos grandes se juntan: Silvio Rodríguez y Chico Buarque en La Habana

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El reencuentro no se quedó en lo simbólico -tampoco era de esperar que lo hiciera-. Los estudios “Ojalá”, en La Habana, fueron el punto de partida para la nueva versión de “Sueño con serpientes”. La relación entre Chico y Silvio no es reciente ni circunstancial; se conocen desde hace más de cinco décadas, desde una época en que la música latinoamericana dejó de ser entretenimiento para volverse instrumento de memoria colectiva.

Alhena Romero. Filóloga hispánica y periodista cultural de Alma Plus TV. 12/4/20926.

Todo comenzó con una llamada. Buarque marcó el número de Silvio para decirle que quería grabar “Sueño con serpientes”, esa composición que desde 1975 habita en el imaginario del continente como una pregunta sin fondo. La respuesta del trovador cubano no fue solo un “sí”: fue una invitación.

Y el viaje se concretó en días, con esa urgencia silenciosa que tienen las cosas que no deben postergarse más. “Treinta y cuatro años después…”, escribió Buarque en sus redes al anunciar su llegada. La última vez había sido en 1992.

Hoy, la isla carga con dificultades económicas y energéticas que no son secreto para nadie; la visita adquiere así también el peso de la solidaridad. Junto a su esposa, Carol Proner, el brasileño donó medicamentos al sistema de salud cubano. Una canción y un gesto concreto.

Siempre fue así con estos dos. Dos voces que aprendieron a contar lo que callaba el poder Confieso que soy de las que crecieron con estas canciones como si fueran parte del mobiliario de la conciencia. Había algo en ellas que enseñaba a escuchar de otra manera: no solo la melodía, sino lo que estaba detrás, lo que se decía entre sílabas.

La relación entre Chico y Silvio no es reciente ni circunstancial; se conocen desde hace más de cinco décadas, desde una época en que la música latinoamericana dejó de ser entretenimiento para volverse instrumento de memoria colectiva. Chico Buarque Heredero de la riqueza musical brasileña -Jobim, João Gilberto-, llevó la canción popular a un nivel literario y político pocas veces alcanzado. La dictadura lo forzó al exilio; él respondió convirtiendo el silencio obligado en una forma de arte.

Silvio Rodríguez Voz central de la Nueva Trova, movimiento que fundió poesía, política y canción con una tensión que todavía no se resuelve. Sus letras son preguntas disfrazadas de imágenes. Nadie como él ha hecho de lo cotidiano una reflexión universal.

Ambos, desde geografías tan distintas como el Río de Janeiro y La Habana, compartieron una misma convicción que hoy parece radical: que la música podía narrar lo que los discursos oficiales callaban. Sus obras dialogan con las cicatrices del continente -dictaduras, desigualdades, resistencias- sin caer nunca en el panfleto. Eso es lo que los hace perdurar.

No envejecen porque no fueron canciones de momento; fueron canciones de fondo. “Como si el tiempo no hubiera pasado”: en los pasillos del aeropuerto ya discutían tonos y arreglos. El estudio puede esperar.

La conversación, no. El estudio como territorio donde el tiempo se dobla El reencuentro no se quedó en lo simbólico -tampoco era de esperar que lo hiciera-. Los estudios “Ojalá”, en La Habana, fueron el punto de partida para la nueva versión de “Sueño con serpientes”.

Los acompañaron músicos que merecen nombrarse: Niurka González en la flauta, Jorge Reyes en el contrabajo, Malva Rodríguez al piano, Oliver Valdés en la batería, con arreglos de Jorge Aragón. Una constelación cubana construida alrededor de una canción que siempre quiso ser grande. Dicen que entre los pasillos del aeropuerto ya discutían tonos, arreglos, formas.

Me parece perfectamente creíble. Esa es la naturaleza de las amistades que sobreviven décadas y fronteras: retoman la conversación exactamente donde la dejaron, como si el intervalo hubiera sido un paréntesis en lugar de treinta y cuatro años de historia. Una breve cartografía del tiempo compartido Década de los años 60 Buarque surge en Brasil con A Banda; Silvio funda la Nueva Trova en Cuba.

Dos movimientos paralelos que no se conocen todavía pero ya se parecen. Silvio graba “Sueño con serpientes”. La canción entra al imaginario latinoamericano para no salir más.

Buarque, en el exilio, escucha el mundo desde lejos. Último encuentro en La Habana. El mundo está cambiando: la Unión Soviética acaba de caer, Cuba enfrenta el Período Especial.

La música sigue siendo el idioma común. El avión aterriza. El abrazo ocurre.

Los estudios “Ojalá” abren sus puertas. “Sueño con serpientes” vuelve a sonar, esta vez con dos voces. Lo que este encuentro nos recuerda Hablar de Chico Buarque y Silvio Rodríguez es hablar de una tradición que entiende la canción como un acto cultural profundo, como un ejercicio de pensamiento que sucede en forma de melodía.

No son artistas del instante, aunque sus canciones se instalen de manera instantánea en la memoria. Son artistas del tiempo largo, de la coherencia que se construye canción a canción, disco a disco, crisis a crisis. Buarque es también novelista, dramaturgo, un creador que ha demostrado que el talento desborda cualquier formato.

Silvio convirtió la trova en un lenguaje universal capaz de hablarle a una mujer en Caracas y a un campesino en Oaxaca con la misma intensidad. Juntos representan una generación que entendió el arte como compromiso, pero también –y esto es igualmente importante- como belleza. Como memoria, pero también como futuro.

En tiempos donde la industria musical privilegia lo efímero, donde los algoritmos recompensan lo que se consume y se olvida en segundos, este encuentro propone otra lógica completamente distinta: la de la amistad sostenida durante décadas, la de la coherencia artística como forma de resistencia, la de la música que no envejece porque nació para durar. No es solo una colaboración lo que ocurre en esos estudios de La Habana. Es la cultura latinoamericana recordándose a sí misma que sigue viva, que sigue siendo capaz de tejer redes por encima de las distancias y las crisis, que hay artistas que no necesitan reinventarse porque nunca dejaron de ser lo que eran: honestos, profundos, necesarios.

Quizás por eso ese abrazo en el aeropuerto tiene tanto peso. Porque en América Latina, la canción sigue siendo el lugar donde la historia no solo se recuerda: también respira.

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