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Crónicas de Medianoche. ¿Podrá salvar el rock a este extraño Chile?
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21:00 · Chile

Crónicas de Medianoche. ¿Podrá salvar el rock a este extraño Chile?

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Voy caminado por la calle Huérfanos, en Santiago. Mi destino es el concierto de AC/DC, donde sólo me acompaña la certeza de que llegaré a un exorcismo del rock. El centro capitalino está muy alterado.

A la misma hora que la horda de metaleros, vestidos de negros y muchos con diabólicos cachos rojos en sus cabezas, desfilan hacia el Parque Estadio Nacional, numerosas señoras, de avanzada edad, se dirigen a saludar a La Moneda al nuevo Presidente de Chile, que asumió ese mismo día. Son como las 18 horas. Algunos rockeros intimidan a las viejitas con el símbolo de los cuernos del demonio con las manos y se los ponen frente a sus atemorizadas caras.

Otros se meten sus dedos a la boca, como si tuvieran arcadas. Nadie grita nada, ya que se siente la fuerte presencia policial y todos siguen caminando hacia el metro. Nadie quiere perderse el recital.

Todo comenzó el miércoles 11 de marzo en Valparaíso, que estaba colapsado por el cambio de mando en el Congreso Nacional. Una de mis preocupaciones era asegurarme con los cachos rojos y pregunté en varios locales chinos. Y nada.

Al final me salvó esa tienda que está antes de llegar a la Plaza Kanibal Pinto, que venden siempre cosas para el Halloween y el Año Nuevo. Adquirí un set que tenía los cachitos, pero además una cola y una corbata humita. Esa onda.

Me tuve que ir por Viña hacia Santiasco. Llegué a un departamento del centro, dejé mis cosas y me fui a almorzar al Bar Nacional, al que confundí con la segunda casa del poeta Jorge Teiller, que es la Unión Chica. En fin.

Me comí un pastel de choclo y me zampé una botella de espumante, para ir entonadito al encuentro con los viejos rockeros. Varios comensales entraron con las poleras con el logo de AC/DC, anunciando que la ciudad estaba bajo un cielo negro. Volví al departamento.

Me tomé unas cervezas y me instalé mi atuendo rockero, que incluye una muñequera de cuero roja que me compré en un distorsionado viaje a Moscú, a las afueras de un museo. Y salí a la calle, donde me encontré con ejército del Diablo y el contingente de octogenarias con banderitas chilenas. Un pastiche complejo de comprender, pero que es un espejo del Chile actual: una cazuela ilógica y fuera de todo el sentido común.

En el metro las huestes negras dominaban los carros. La caminata desde la estación Ñuble hasta la entrada duró una hora. Ahí comenzó todo el show que hace 30 años había visto junto a 15 mil personas, en el Velodrómo, a 10 luquitas la entrada.

Ahora habían más de 85 mil personas y el preció se había multiplicado por 20. Mucho, pero todos sabemos que era la despedida. A estos cabros ya no los volveremos a ver en vivo nunca más.

Estar solo en un recital de estas características es cuático, pero entrega una libertad sin límites. Puedes avanzar sin molestar tanto a la gente y así fue como llegue a una ubicación de privilegio. El show fue letal, de un profesionalismo extremo, donde los viejitos que estaban en el escenario daban hasta la última gota de sudor, mientras eran apoyados por una infraestructura ultra moderna.

No faltó la campana, los cañones y más, pero se echaron de menos las dos prostitutas gigantes que se inflaron a cada costado en 1996 y que nos dejaron a todos peinados para atrás. Un loco andaba vendiendo cervezas en lata a cinco lucas. Se le fueron como agua en el desierto.

Cuando salieron los fuegos artificiales comencé a retirarme. Mi cuerpo estaba destruido, La columna y las piernas fueron sometidas a casi 7 horas de caminatas, saltos, baile y distorsión. No estoy para estos trotes, pero tampoco para abandonarlos.

“Rockeamos al amanecer en la línea del frente/ Como un rayo de la nada/ El cielo es una luz con una mordida de guitarra/ Las cabezas rodarán y rodarán esta noche”. Esta crónica está dedicada nuevamente a Sergio Caamaño, compañero de curso del Semanario San Rafael de Viña del Mar, generación 1987, que me enseñó esta música. Keko le escribía cartas a 'Angustia' Young en 1985, con papel y lápiz y se las mandaba por correo.

Mi admiración y respeto a Keko y Angus.

FIN DE LA ALERTA