Con la visita de Chappell Roan y el expresidente Boric entre sus clientes: cómo el bar El Bajo se convirtió en el centro de la noche en Lastarria
Es lunes post Lollapalooza y la cantante estadounidense Chappell Roan está al interior de Bar El Bajo, donde, bajo estrictas medidas de resguardo, comparte con su equipo. A diferencia de otros artistas internacionales que suelen alojarse en el sector oriente, la cantante prefirió un bar que poco a poco comienza a convertirse en un lugar emblemático del centro de Santiago. No es la primera estrella internacional en visitar el lugar.
Teddy Swims también estuvo en el bar en 2025, donde incluso cantó. Si las estrellas internacionales han marcado jornadas excepcionales del bar, lo más común es ver a rostros conocidos en la terraza de El Bajo, desde artistas como Ana Tijoux, hasta políticos como el propio expresidente Gabriel Boric. A eso se suman actores y académicos de las universidades que conviven cerca del GAM, un sector que busca desde hace años volver a tomar fuerza y dejar atrás los problemas de seguridad que quedaron tras la pandemia y el estallido social.
El Bajo hoy apuesta por eso: ser una opción durante la semana. El bar abre hasta las 2 de la mañana. Detrás del proyecto hay dos socios y amigos de hace años: Rodrigo Arellano, periodista, y Cristóbal Muhr, actor.
Ambos compartieron colegio y, ya de grandes, se volvieron a conectar en Berlín. La “Jardín” como primera experiencia De vuelta en Chile apostaron primero por “La Jardín”, un restaurante itinerante tipo invernadero que se instaló en Factoría Italia, en la ex sombrerería Girardi. El espacio fue diseñado y construido por el artista inglés Tony Hornecker, quien ha desarrollado el proyecto “The Pale Blue Door”, con el que ha creado restaurantes itinerantes en distintas ciudades del mundo, como Londres, Berlín, Hamburgo y el festival de música Glastonbury, además de Buenos Aires y Valparaíso.
Los socios dicen que, 15 años después, ese espíritu aún vive en El Bajo. “Era parecido, pero muchísimo más precario. Era realmente una instalación en la que teníamos un gallinero; armamos un cine con las manos donde proyectábamos películas, y eran puras sillas viejas, el mobiliario hecho a la rápida”, cuenta Arellano sobre esa primera experiencia de restaurante.
De ese mobiliario, muchas piezas los han acompañado por más de una década: “Aquí en este lugar hay mesas que fueron hechas en La Jardín, mesas que se encontraron en un mercado hace quince años y que ya tienen mucho uso”, dice Muhr, quien explica que parte de la filosofía de los bares que han construido se basa en reutilizar. “Realmente hay sillas que se han reparado una y otra vez; se parchó una vez, otra vez, y se vuelve a arreglar. Lo mismo con las lámparas y con todo el mobiliario en general.
Las plantas también nos han acompañado durante mucho tiempo, como todo lo demás”, agrega uno de los socios. El inicio en el GAM Tras años construyendo bares con identidad y reutilizando mesas, sillas y lámparas, los socios de El Bajo encontraron en el GAM un espacio que valoraba su enfoque cultural. Ese mismo espíritu de creatividad, trabajo artesanal y reutilización fue lo que llamó la atención del centro cultural, que los invitó a desarrollar un proyecto que enriqueciera su programación.
“El inicio de El Bajo no fue casual. El GAM nos contactó porque vieron un proyecto distinto, uno que podía aportar a su línea cultural y enriquecer la programación del centro”, cuenta uno de los socios. En estos años funcionando han realizado más de doscientos espectáculos en vivo.
Tratan de organizar al menos dos por semana. Tienen un escenario con amplificación y sonidista, para que todo suene perfecto. Además, realizan lanzamientos de libros y otras actividades culturales.
“Creo que tiene mucho que ver, quizás no estéticamente con la forma del edificio del GAM, pero sí con lo que aportamos culturalmente: algo totalmente diferente”, agrega. El local tiene una curatoría músical marcada con el jazz, pero se abre a todos los géneros. Hace poco, por ejemplo, tocó The Gangas y también han pasado integrantes de Lucybell.
“Siempre va a haber algo. Con solo tomarte un shop ya estás viendo gratis un espectáculo en un bar que siempre está con gente, y eso lo hace muy entretenido”, dicen resaltando uno de los ejes del bar. En cuanto a su público –aseguran– que es transversal.
“Vienen muchos gringos que andan por Lastarria, actores, políticos, vecinos, gente que llega de otros barrios después del trabajo, personas que quizás tienen un familiar en el Hospital de la Católica y vienen acá un poco a desahogarse, a pasar las penas”, dice Muhr. Para los socios, una de las claves del bar ha sido también el trato hacia los artistas. La idea, explican, fue construir un espacio donde los músicos se sintieran cómodos y respetados, con un equipo que los acompañe durante las presentaciones y con condiciones claras de trabajo.
“Si tú eres músico, aquí te van a tratar bien: vas a tener un equipo que te va a guiar, no vas a andar perdido, te van a pagar a tiempo. Todos esos detalles que al final son los que nosotros siempre quisimos que tuviera nuestro lugar: no solo que fuera rico para escuchar música, sino también un espacio valorado por los músicos para ir a tocar. Y eso creo que se ha logrado, porque suena bien”.
Consolidando el éxito El Bajo no fue el primer restaurante que licitó el GAM; antes hubo otros locales que no lograron mantenerse. Para los socios, que El Bajo se haya consolidado como una marca registrada y pueda seguir operando va más allá de una “clave del éxito”: es el resultado de una lectura cuidadosa de cómo convive la ciudad, sus espacios de entretenimiento, la cultura y la gente que los frecuenta. “Un poco le apuntamos leyendo con claridad cómo funcionaba el lugar, qué personas venían y cuál era el principal atractivo.
Lo que nosotros quisimos fue crear un bar transversal, que no tuviera barreras de entrada, que no fuera caro y que fuera un lugar acogedor donde toda la gente se sintiera invitada”, dicen los socios. Esa filosofía también se refleja en el diseño arquitectónico del bar. Abrieron ventanas para exponer el local hacia afuera, crearon una especie de jardín y generaron un espacio abierto, pensado para que todos se sientan bienvenidos.
Además, destacan que El Bajo cuenta con uno de los menú de almuerzo más barato del barrio ($6. 500), consolidándose como un lugar accesible y acogedor para todos. En ese sentido, desde la carta hasta los precios, tratan de mantener lo más controlado posible.
Los socios dicen que cobran lo menos que pueden, y que su propuesta estética también busca transmitir cercanía y transversalidad. El Bajo es un lugar muy céntrico y abierto a todos, y esa conexión con lo que sucede en el GAM y en el barrio le da un carácter de punto de reunión. “Aquí se siente como una especie de plaza cerrada o un jardín interno: menos calor que afuera, menos ruido, un lugar donde se generan encuentros espontáneos.
Vienen actores de obras que se presentan en el GAM y se cruzan con el público; se hacen reuniones de trabajo de manera permanente, y también llegan políticos, por la cercanía con La Moneda y las sedes parlamentarias”, cuentan. Esta apertura y flexibilidad del local reflejan la filosofía de los socios: un lugar inclusivo, transversal y conectado con la vida cultural, política y social del centro de Santiago. Ahora incluso preparan un nuevo sector para seguir ampliando la experiencia, una sala especial para celebraciones y con aire de club de baile, la misión de El Bajo sigue en pie: ser la mejor opcion para la noche santiaguina en el centro de la ciudad.
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