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Con Artemis II en órbita: cinco canciones que retratan la obsesión humana con la luna
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07:00 · Chile

Con Artemis II en órbita: cinco canciones que retratan la obsesión humana con la luna

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El sobrevuelo de la misión Artemis II está en curso y el regreso a la luna luego de 54 años ya es un hecho. Desde el único satélite natural de la Tierra, sus cuatro tripulantes han despachado imágenes, han enviado informes y han entregado detalles del momento más rutilante de la aventura especial en lo que va del año. Ante ello, en Culto seleccionamos varias canciones que por décadas han retratado la relación entre el ser humano y el espacio o, más en específico, entre el ser humano y la luna.

Una parte relevante de ellas tiene un carácter nostálgico, evocativo, algo lúgubre, como si simbolizar la imagen del hombre mirando en dirección hacia las estrellas tuviera una naturaleza noctámbula y espectral. Pocas tienen una épica grandilocuente e incluso la más célebre de todas, Space oddity, de David Bowie -que musicalizó al alunizaje pionero de 1969- narra la historia de un astronauta atribulado, mareado, que no entiende demasiado bien su misión a miles de kilómetros del único planeta que conoce. Allá a lo lejos, se aferra a lo único que le da sentido a su existencia.

Otras composiciones recurren a la luna para hablar de las grietas -o los cráteres- de nuestra propia condición humana, como si el astro siempre se alzara como un espacio incierto y desconocido del que nunca se desprenden verdades. El renombrado compositor estadounidense es claro: “Si quieres escribir una canción sobre el corazón / Y su anhelo eterno de una contraparte… escribe una canción sobre la luna”, aconseja. Básicamente, cualquier sensibilidad humana intensa puede tener su espejo en la luna.

Para Simon, la imagen del hombre mirando el satélite natural no sólo era potente, sino que también sintomática de la soledad que nos invade. Una metáfora de lo etéreo y lo vulnerable. “Si quieres escribir una canción sobre la luna/ caminar por los cráteres por la tarde/ cuando las sombras son profundas y la luz es ajena/ y la gravedad salta como un cuchillo del pavimento/ y quieres escribir una canción sobre la luna/ quieres escribir una melodía espiritual/ Si quieres escribir una canción sobre el corazón/ piensa en la luna antes de empezar/ porque el corazón aullará como un perro a la luz de la luna”, es parte de su letra.

El poeta, activista y músico estadounidense es considerado la piedra angular del hip hop, el referente que disparó el estilo, el fraseo y las rimas que luego originaron una de las subculturas más relevantes del siglo XX. En su caso, la mirada sobre la luna dista mucha de la de Paul Simon: Gil Scott-Heron abordó el hito de 1969 para tejer crítica social ácida y dura. La canción es un reflejo de su tiempo: el alunizaje de ese año se dio entre tensiones políticas, sociales y raciales, por lo que aquí late una mirada menos optimista y romántica del astro que se ve en la lejanía.

No es el único: algunos artistas de esos días hicieron propio el contexto convulso de la sociedad estadounidense para referirse a lo acontecido con Neil Armstrong y su equipo. Conocido por su poema-canción The revolution will not be televised -frase que se inmortalizó como concepto-, el cantante también criticó en este tema el personal exclusivamente blanco y masculino del programa especial Apolo (a diferencia de Artemis II), además de poner acento en su gasto desorbitado, en contraste con la precaria situación de la América urbana de fines de los 60: “Sin agua caliente, sin inodoros, sin luz / Pero los blancos están en la luna”, describe su letra. Desde que emergen los primeros acordes de esta composición, surge una atmósfera lunar, espacial, algo desolada, eventualmente como la de un hombre caminando a paso lento entre la orfandad de la luna, desafiando la gravedad, batallando contra lo imposible.

Para los especialistas, Sting quiso emular en Walking on the moon aquella dimensión casi sobrenatural, aunque otros expertos en el trío británico apuestan que se trata de la descripción de una experiencia mucho más mundana. O en rigor, mucho más terrenal: la sensación que entrega el enamoramiento o los minutos después de estar con la persona que conquistó tu corazón. El aturdimiento de estar con los pies apenas tocando el suelo.

“Pasos gigantes son los que das tú/ caminando en la Luna/ Espero que mis piernas no se rompan/ caminando en la Luna/ Podríamos caminar para siempre/ caminando en la Luna/ Podríamos quedarnos juntos/ Caminando, caminando en la Luna”, es parte de su letra. Las interpretaciones están abiertas. Elvis Presley amaba observar la luna.

La idealizaba y sentía que aterrizaba su propia ansiedad, incluso antes del frenesí que desató como uno de los mayores iconos culturales del siglo XX. Ya en las embrionarias sesiones de 1954 para los estudios Sun Records en Memphis, secundado por el guitarrista Scotty Moore y el bajista Bill Black, el intérprete intentó cantarle a su obsesión lunar a través de una composición de Richard Rodgers y Lorenz Hart. Se trata de Blue moon, un track donde Presley practica un tono inquietante, delicado, casi etéreo, “como una luna llena que se eleva y se desliza sigilosaente sobre un campo de maíz desierto, con Elvis casi susurrando al micrófono, hasta que de repente irrumpe con su canto agudo”, describió The Guardian.

La letra también descoloca. Aunque inseguro en sus primeros años, cuesta imaginar a una institución de la cultura pop clamando: “Luna azul/ me viste solo/ Sin un sueño en mi corazón/ Sin amor propio”. Este legendario hit de 1984 escala entre lo mejor que se ha escrito sobre la luna -y la imaginería astronómica- en el pop del siglo XX.

Su propio compositor, el cantante Ian McCulloch, lo ejemplificó sin complejos ni pequeñeces: “Cuando canto The killing moon, sé que no hay una banda en el mundo que tenga una canción cercana a eso”. Y es cierto: con sus cuerdas y con su entonación tenebrosa, como irrumpiendo desde la bruma, la canción imagina a la luna como el destino que se impone, como la presencia y la voluntad de la que no se puede escapar, como la figura que está ahí sin que podamos huir del rumbo predispuesto. “Siempre he atribuido la letra a Dios”, ha expresado también McCulloch, reforzando la idea.

Su interés infantil por el espacio ha quedado materializado en su lírica, mientras que los acordes son también un ejercicio complejo donde se invierten los interpretados por la propia Space oddity de Bowie: la luna a veces también inspira de los modos más inesperados.

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