Cómo no abordar la calle
Por Montserrat Duarte, jefa de operación social del Hogar de Cristo No se trata de calificar intenciones, sino de mirar los hechos. “No más rucos en Rancagua”, proclama en redes sociales el alcalde Raimundo Agliati: arquitecto, discípulo de Da Vinci en la formación, pero —en la práctica— más cercano a un aguerrido sheriff cuando se trata de enfrentar la manifestación más cruda de la pobreza: las personas en situación de calle. Cuando el desafío es imaginar soluciones para problemas sociales complejos, lo peor que puede hacerse es caer en el populismo punitivo.
No resuelve nada. Por el contrario, lo agrava. Y más aún cuando estas acciones se ejecutan de noche, mediante operativos profundamente disruptivos para una población que ya carga con lo que le sobra: problemas severos de salud mental y consumo problemático de sustancias.
En la Región de O’Higgins, el Censo 2024 estima 578 personas viviendo en calle. Rancagua y Rengo concentran la mayor parte. Solo en la capital regional serían 328, según un catastro del propio municipio.
La pregunta es incómoda, pero inevitable: ¿qué hacemos con ellas? ¿Destinamos recursos —humanos y económicos— a corretearlas de un lugar a otro, o invertimos en soluciones reales, integrales y sostenidas en el tiempo? ¿Abordamos las causas del sinhogarismo con humanidad y profesionalismo, o seguimos administrando sus efectos con despliegues vistosos?
Da Vinci elegiría lo primero. Apostaría por la creatividad aplicada a lo social, no por la destrucción de lo poco que alguien tiene para resguardarse. Probablemente pondría el foco en estrategias costo-efectivas ya probadas: programas de Vivienda Primero, casas compartidas, condominios tutelados.
Dispositivos que no solo sacan a las personas de la calle, sino que restituyen algo más difícil de cuantificar: dignidad. Claro, no son soluciones inmediatas. Requieren inversión, tiempo y convicción.
Pero lo que entregan es mucho más duradero que los aplausos —comprensibles, por cierto— de vecinos cansados de ver deteriorados sus espacios públicos. El problema es que vivimos tiempos más inclinados al espectáculo que a la humanidad. La prensa acompaña estos operativos sin preguntar cuánto cuestan, qué impacto real tienen o qué alternativa ofrecen a quienes son desalojados.
Se limita a registrar el hallazgo de armas blancas o medicamentos, como si eso explicara algo por sí solo. Cabe preguntarse: ¿cuántos cuchillos y pastillas aparecerían en cualquier hogar si se le aplicara el mismo estándar? Erradicar rucos puede dar la ilusión de orden.
Pero no resuelve el desorden de fondo. Quizás ha llegado el momento de elegir mejor nuestras referencias. Menos sheriff.
Más Da Vinci. Sobre todo cuando hablamos de personas, no de problemas.
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