Cómo cambian los hábitos de pago cuando todo se hace desde el celular
Si piensas en la última vez que pagaste algo, seguramente la imagen que te viene a la cabeza es con tu teléfono en mano, bien sea para hacer un pago por contacto o una transferencia desde tu cuenta. Pero hasta hace solo unos años, pagar era más una cosa de sacar la cartera, contar billetes y esperar el cambio. El teléfono es ahora el centro de nuestra vida financiera, y ese cambio ha traído nuevas formas de usar el dinero en nuestro día a día.
La transformación que vino para quedarse Si hay un antes y un después, es la pandemia; algo que habría tardado años en ocurrir pasó en cuestión de meses. Los pequeños comercios resistían con el efectivo, pero la crisis los obligó a digitalizarse para no perder ventas. Así, los pagos digitales se volvieron tan habituales que los usamos para todo, desde hacer las compras de la semana hasta pasarle la mesada a tu hijo.
Incluso el sector del ocio digital y iGaming experimentó este giro: hoy es común buscar un casino online con Mercado Pago para disfrutar de una experiencia de juego segura y rápida sin salir de casa. Lo que antes parecía un trámite para compras específicas o servicios exclusivos, ahora es cosa de todos los días, casi sin pensarlo. Pero este cambio no ha sido igual para todos.
La forma en que cada quien se relaciona con el dinero a través del móvil depende mucho de la edad y del nivel de estudios. Los menores de 35 años y especialmente la Generación Z viven cómodamente en este entorno digital, por lo que para ellos, pagar con el móvil es lo natural, y el efectivo parece menos familiar. En el otro extremo están los más viejos, los que pasan de 65 años, donde se nota la barrera.
No todos tienen teléfonos móviles ni están registrados en plataformas de pago. Todo lo contrario, para ellos, el efectivo sigue siendo lo normal, y tienen más dificultad para adaptarse a los pagos digitales. Son los que prefieren ir al banco para consultar y cargar siempre efectivo en el bolsillo.
Por otro lado, el nivel de estudios puede ser otro factor, uno incluso más fuerte que la edad. Cuantos más años de formación tiene una persona, más probable es que use el móvil o la tarjeta para pagar, independientemente de si es joven o mayor. Lo cierto es que la brecha existe, y eso hace que ambas formas de pago se mantengan.
Esto es algo a lo que los negocios deben ofrecer opciones para el cliente digital y para el que prefiere el efectivo. Un negocio sin acceso a los pagos electrónicos perderá oportunidades de venta, pero las tiendas que digitalizan por completo sus sistemas también pueden perder clientes. En este punto, todos hemos visto en las redes videos de personas quejarse de las cajas de autopago que solo reciben pagos con tarjetas o medios similares.
Gastamos más cuando pagamos con el móvil Más allá de quién usa el móvil para pagar, hay un fenómeno que afecta a casi todos los que lo hacen: gastamos más cuando el dinero no se ve. La neurociencia lleva años estudiando este efecto. Cuando pagamos con billetes, el cerebro activa zonas asociadas al dolor y la pérdida.
Esa pequeña molestia nos frena y nos hace pensar dos veces si realmente necesitamos lo que estamos comprando. Con el móvil ocurre lo contrario: cuando usamos las tarjetas y los dispositivos móviles, se activan áreas del cerebro vinculadas al placer inmediato. El acto de pagar se percibe casi como un premio, no como un coste.
Al eliminar la fricción psicológica del efectivo, el famoso 'dolor de pagar' parece más pequeño. Y cuando duele menos, compramos más y aceptamos precios más altos sin rechistar demasiado. Esa invisibilidad del dinero hace más fácil tomar malas decisiones financieras.
Pagar un café con el móvil no se siente igual que soltar la misma cantidad en efectivo, aunque el resultado sea el mismo para tus finanzas. Lo bueno, lo malo y lo que ya no es privado Pagar con el teléfono tiene ventajas claras en seguridad, por ejemplo, la autenticación con huella dactilar o reconocimiento facial dificulta mucho que alguien pueda usar nuestro dinero si nos roban el dispositivo. La tokenización, que toma el lugar de los datos reales de la tarjeta por códigos dinámicos, protege la información bancaria.
Pero también han aparecido riesgos nuevos, como las estafas que ya no consisten en robarte la cartera, sino en engañarte para que autorices un pago desde tu propia aplicación. Además, cada transacción que hacemos deja una huella digital en bancos y administraciones que pueden rastrear nuestros movimientos financieros con mucho detalle. El efectivo era anónimo; los pagos electrónicos no lo son.
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