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COLUMNA DE OPINIÓN | TRABAJO, ESFUERZO, GOZO Y… MERCANCÍA
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04:00 · Chile

COLUMNA DE OPINIÓN | TRABAJO, ESFUERZO, GOZO Y… MERCANCÍA

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Hace un par de días celebramos el Día del Trabajo y de los Trabajadores, que nos invita a reflexionar sobre su sentido y las dificultades que vivimos con este compañero inseparable de nuestra vida: el trabajo. Esta semana encontré a Germán, un amigo que me contaba que había terminado, con ayuda de su hermano, una ampliación de su casa: “Nos costó mucho esfuerzo, pero estoy contento con el trabajo que hicimos, nos quedó bien y la familia está mucho mejor”. La alegría de Germán por el trabajo de sus manos y el mayor bienestar de su familia, dejaba chico el esfuerzo que había significado.

Era un trabajo con motivación y sentido, con esfuerzo y creatividad, que le permitía disfrutar con gozo lo que había realizado. Lo que contaba mi amigo es una experiencia que, en modos diversos, todos hemos vivido: contemplar con gozo el trabajo realizado, reconociendo el esfuerzo que ha costado, valorando la creatividad y el buen fin de una tarea compartida. Es similar a lo que dice relato bíblico de la creación que, en su lenguaje simbólico, celebra el gozo de Dios en su obra creadora: “y vio Dios que todo era bueno”.

Sin embargo, a esta maravillosa combinación de esfuerzo, proyecto, creatividad, colaboración, belleza y gozo de lo realizado, le falta un componente que sella la vivencia del trabajo en nuestra sociedad marcada por el economicismo capitalista: el trabajo es -lamentablemente- valorado y vivido como una mercancía, lo que hace que para mucha gente la relación con el trabajo sea de amor y de odio. Una relación de amor y de odio porque quizás nos gusta el trabajo que hacemos, pero las condiciones laborales son injustas e indignas; quizás el trabajo es interesante, pero el ambiente laboral es malo y las relaciones humanas son un desastre; quizás recibimos un buen sueldo, pero estamos haciendo un trabajo que nos deja insatisfechos; quizás el trabajo nos demanda sacrificios (ausencia de la familia, largos tiempos de viaje, rutinas insufribles, etc. ) que nos parece que no valen la pena por el sueldo que recibimos.

Y cada uno puede completar esta lista de los “quizás”; pero más de uno de ellos es cierto. Pero, cuando nos falta el trabajo el problema se hace mayor, y no sólo por los dramas económicos y familiares que trae la cesantía, sino también porque ante la falta de trabajo nos sentimos impotentes y nos empieza a rondar la sensación de no sentirnos valorados, y nos acecha el fantasma de la inutilidad. Es también el drama de muchas personas mayores que declaran que uno de sus problemas es el de sentirse inútiles, porque sentir que servimos para algo es una necesidad humana fundamental.

La relación de amor y de odio con el trabajo no es, simplemente, a causa de vaivenes tormentosos de nuestra sicología personal, sino que tiene que ver con algo mucho más de fondo; tiene que ver con el sentido del trabajo en nuestras vidas, con la necesidad de sentirnos útiles, y con buenas condiciones de trabajo y un salario justo que nos permita vivir dignamente. El problema es que en el economicismo capitalista el trabajo, puesto como mercancía, queda al arbitrio del mercado y de los vacíos de la legislación laboral (que no son inocentes). Que el trabajo no sea una mercancía es real cuando se trata de la esencia del trabajo, pero no lo es cuando éste se vive en los modos capitalistas de producción que campean en nuestro mundo.

Por su parte, la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) siempre ha rechazado la concepción del trabajo como mercancía, y el Papa Juan Pablo II en su carta sobre el trabajo (“Laborem exercens”, 1981), señaló con claridad que la persona humana y su dignidad tiene la primacía sobre todo, también sobre los medios de producción, y por eso la DSI afirma la primacía del trabajo sobre el capital y la primacía de la ética sobre la técnica. Fue tanta la indignación de algunos economistas que publicaron el libro “¿Está Dios contra la economía? Carta a Juan Pablo II”.

La doctrina social católica (DSI) subraya la prioridad del trabajo sobre el capital, porque en el trabajo se juega la dignidad de cada persona y no una mera mercancía ni la ganancia de quienes detentan el capital. La dignificación de cada trabajador y trabajadora (¡y de los pensionados! ) es uno de los mayores deberes de justicia y un camino de humanización para la vida de la sociedad.

En el Día del Trabajo y de los Trabajadores, damos gracias a Dios por su trabajo: la obra creadora de cada día y nuestras vidas, y recordamos las palabras de Jesús, el Carpintero de Nazaret, que nos dice: “mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo siempre”.

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