Chile y Taiwán: 111 años de una relación que nunca desapareció
Este 2026 se celebran 111 años desde que Chile estableció vínculos con la entonces joven República de China, en 1915. Fue una decisión temprana, silenciosa, casi inadvertida en su momento, pero profundamente reveladora de cómo el país entendía su inserción en el mundo: no desde la ideología ni desde la geopolítica, sino desde el comercio, la apertura y la necesidad de proyectarse más allá de su entorno inmediato. Ese gesto, durante el mandato del presidente Ramón Barros Luco, tuvo un carácter pionero.
A comienzos del siglo XX, América Latina miraba mayoritariamente hacia Europa y, en menor medida, hacia Estados Unidos. Asia era todavía un espacio lejano, fragmentado, con escasa presencia en la política exterior regional. Chile, sin embargo, decidió establecer un vínculo con una China que recién emergía como república tras el colapso del imperio Qing, en 1912.
No lo hizo por afinidad política, sino para abrir mercados para su principal producto de exportación, el salitre, y posicionarse en un sistema internacional que ya comenzaba a globalizarse. Esa relación no solo se estableció, sino que se mantuvo en uno de los momentos más turbulentos de la historia china. Tras la guerra civil y la victoria de las fuerzas comunistas de Mao Zedong, en 1949, el gobierno nacionalista de Chiang Kai-shek se refugió en la isla de Formosa, hoy Taiwán.
Entonces, varios países optaron por romper o redefinir sus vínculos, pero Chile no, y mantuvo sus relaciones con la ahora República de China en Taiwán, en un contexto internacional marcado por la Guerra Fría y la disputa por la legitimidad de la representación china. Ese punto es clave, porque revela algo que se suele olvidar: Chile tuvo durante décadas una relación diplomática directa con lo que hoy conocemos como Taiwán, incluso después de la división del mundo chino. No era una relación marginal, sino parte de una política exterior que, aun siendo pragmática, reconocía actores en función de su existencia efectiva y no solo de su reconocimiento mayoritario.
El quiebre se produjo en 1970–1971, bajo el gobierno de Salvador Allende, cuando Chile se convirtió en el primer país de América del Sur en reconocer a la República Popular China, anticipándose incluso a la resolución 2758 de la Asamblea General de Naciones Unidas que, en octubre de 1971, consagró el ingreso de Beijing al sistema internacional y la salida de Taipei. Fue una decisión estratégica, alineada con una lectura del cambio en el equilibrio global de poder, pero que implicó romper formalmente relaciones con Taiwán. Sin embargo, y aquí está lo verdaderamente interesante, esa ruptura nunca significó el fin del vínculo.
A diferencia de otros casos, la relación entre Chile y Taiwán no desapareció, sino que se transformó. Pasó del plano diplomático formal a una lógica de relaciones no oficiales, pero altamente dinámicas en términos económicos, tecnológicos y culturales. Hoy, más de medio siglo después de ese quiebre, los datos muestran una realidad difícil de ignorar.
El intercambio comercial bilateral supera los US$2. 300 millones anuales, con una balanza favorable a Chile y una fuerte presencia de exportaciones de cobre, productos agrícolas y alimentos. Según cifras oficiales de la Subsecretaría de Relaciones Económicas Internacionales, el comercio bilateral se ha mantenido en niveles cercanos a los US$1.
700–1. 900 millones en los últimos años, con una canasta exportadora que incluye celulosa, frutas y minerales. A nivel más reciente, solo en febrero de este año, Chile exportó más de US$51 millones a Taiwán, reflejando la continuidad de un flujo comercial estable en el tiempo.
No se trata solo de comercio. Taiwán es una democracia plena y economía altamente tecnológica, con una de las industrias de semiconductores más avanzadas del mundo, y Chile ha ido construyendo vínculos en áreas como innovación, educación superior y cooperación técnica. Además, este país asiático se ha consolidado como un socio relevante dentro de la lógica de diversificación hacia el Indo-Pacífico, una región que hoy concentra más del 60% del PIB mundial y cerca de la mitad del comercio global.
Lo que emerge de esta historia de 111 años es una constante: la capacidad de Chile para sostener relaciones más allá de los marcos formales. Reconoció a Beijing en 1970, pero nunca dejó de vincularse con Taipei. Adoptó la política de “una sola China”, pero mantuvo espacios de cooperación con Taiwán que hoy son concretos, medibles y estratégicamente relevantes.
En un contexto internacional marcado por la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China, por la centralidad de Asia en la economía global y por la importancia crítica de sectores como los semiconductores, esa dualidad deja de ser una anomalía para convertirse en una herramienta. Chile, sin declararlo abiertamente, ha operado durante décadas en una lógica de equilibrio: reconocer a una potencia, pero relacionarse con ambas. Y quizás ahí está la lección más interesante de esta efeméride.
Nuestro país llegó temprano a Asia, pero sin una gran estrategia. Hoy está profundamente insertado en esa región, aunque sigue enfrentando el desafío de convertir vínculos económicos en una política exterior coherente. Porque 111 años después, la relación con Taiwán demuestra algo que sigue siendo válido: en política internacional, los lazos que parecen secundarios muchas veces son los que mejor resisten el paso del tiempo.
¿Te pareció importante esta noticia?
Compártela y mantén informado a Chile