¡Chao petróleo y vamos por la electricidad! Oportunidad histórica para cambiar la matriz energética de Chile
Chile ha recibido una señal de época y debe acelerar la producción de electricidad proveniente de energías eléctricas renovables más allá de su 41% actual, junto a un énfasis en el almacenamiento y la distribución. La guerra entre Irán, Israel y Estados Unidos no sólo está alterando el comercio mundial del petróleo. También está dejando en evidencia la fragilidad energética de países como Chile y, al mismo tiempo, la oportunidad histórica que tiene nuestro país para cambiar de manera decisiva su matriz energética.
Más allá de la atención sobre las últimas intervenciones de Donald Trump, en cuanto a terminar con la guerra, sentando a los iraníes a negociar, información que fue desmentida desde Teherán, los chilenos debiéramos atender a este otro debate. Cada nueva tensión en Medio Oriente repercute en el precio del crudo, en los costos del transporte y en la estabilidad de las economías. Chile, que todavía depende en buena medida de combustibles fósiles importados, resiente de inmediato estos sobresaltos.
El alza de las bencinas y del diésel termina trasladándose al conjunto de la economía, encareciendo alimentos, servicios y distribución de bienes. Y, como ocurre casi siempre, el golpe más duro recae sobre los sectores más pobres y vulnerables. No debiéramos esperar de brazos cruzados el término o la evolución del conflicto.
Al contrario, debemos independizarnos del mismo. El tiempo apremia. Si la guerra termina en un mediano plazo, nosotros en ese lapso debiéramos avanzar ya decididos hacia la electricidad y quien sabe quizás con cuántos beneficios.
Un cambio de marcha La guerra del petróleo ha vuelto más urgente esta transformación. Durante el primer trimestre de 2024, la generación eléctrica en base a Energías Renovables No Convencionales (ERNC) alcanzó un 41% del total de la energía producida en el país. Además, la generación acumulada en base a ERNC —que incluye energía solar, eólica, hidráulica, biomasa, geotérmica y biogás— creció un 4% respecto del mismo período de 2023.
Es decir, la transición energética chilena no parte de cero: ya está en marcha y muestra avances concretos. Un solo dato indica que la venta de automóviles eléctricos se viene duplicando cada año. A mediados de 2025, los vehículos electrificados (híbridos y eléctricos puros) representaron cerca del 10,5% al 10,6% del mercado automotriz nacional.
La tendencia es evidente. Ese dato, y otros quizás más significativos, provenientes de la industria o la minería, permiten afirmar que Chile no sólo necesita cambiar su matriz energética, sino que está en condiciones reales de hacerlo. El país dispone de una de las mayores reservas de radiación solar del mundo, especialmente en el desierto del norte, y ha ido ampliando también su capacidad eólica y otras fuentes limpias.
A estas alturas, seguir viendo el petróleo como una dependencia inevitable parece cada vez menos razonable. La guerra actual debe entenderse, entonces, como una advertencia severa. Cada vez que el petróleo se transforma en arma geopolítica, países importadores como Chile quedan expuestos a decisiones externas que no controlan.
Por eso, la transición energética ya no puede mirarse sólo como una política ambiental: debe asumirse también como una política de seguridad económica y de soberanía nacional. Almacenamiento y distribución Ahora bien, el desafío no consiste sólo en producir más energía solar o eólica. La tarea decisiva está en el almacenamiento y la distribución.
Chile necesita más baterías, sistemas robustos para conservar la energía generada y redes de transmisión capaces de llevarla con eficiencia desde los lugares de producción hasta los grandes centros de consumo. Del mismo modo, será necesario ampliar la red de electrolineras a lo largo del país para acompañar el crecimiento de autos, buses y camiones eléctricos, que ya están modificando el parque vehicular nacional. Si ese esfuerzo se consolida, la crisis petrolera podría transformarse en una palanca para acelerar cambios largamente postergados.
Una matriz más electrificada, apoyada en energías renovables y en infraestructura moderna, daría a Chile mayor autonomía, más estabilidad y mejores herramientas para enfrentar crisis internacionales y no esperar estupefactos alzas de la bencina por sobre los mil 600 pesos el litro. A ello se suma otro elemento de fondo: el petróleo obviamente no sólo encarece la economía, sino que también agrava el deterioro ambiental. Su combustión sigue siendo una de las principales fuentes de dióxido de carbono, uno de los gases que más inciden en el calentamiento global.
Reducir su uso no sólo ayudaría a proteger a Chile de futuras crisis energéticas, sino también a enfrentar con mayor responsabilidad la crisis climática. La señal de fondo es clara. La guerra en Medio Oriente no debe ser vista únicamente como una amenaza que empuja al alza el precio de los combustibles.
Debe ser leída también como una señal de época: la dependencia de los combustibles fósiles se ha vuelto cada vez más riesgosa, más costosa y más insostenible. Frente a eso, Chile tiene una oportunidad excepcional para afirmarse en sus propios recursos, fortalecer su matriz renovable y acelerar una reconversión energética que le otorgue mayor independencia y mejores condiciones de desarrollo. Si ya el 41% de la generación eléctrica del país proviene de energías renovables, el desafío no consiste en imaginar un cambio imposible, sino en profundizar uno que ya comenzó.
La gran lección de esta crisis puede ser precisamente esa: que la seguridad energética del futuro no se alcanzará aferrándose al petróleo, sino avanzando con decisión hacia la electricidad y las energías limpias. Referencias Comisión Nacional de Energía. (2026, enero).
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