Candidato a rector U. Chile advierte rezago institucional: "Nuestro sistema no es capaz de adaptarse"
El próximo 12 de mayo la Universidad de Chile mantendrá elecciones para escoger al rector del periodo 2026 – 2030, quien sucederá a Rosa Devés. Uno de los candidatos a convertirse en la máxima autoridad de la Universidad, es quien hoy lidera la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas, Francisco Martínez Concha. El ingeniero ha tenido una amplia carrera centrada en la administración de educación, destacando puestos como director de departamento, coordinador de programas de posgrado y magíster, senador universitario, vicepresidente de la Comisión de Proyecto Institucional para finalmente asumir en 2018 como decano, con una posterior reelección.
Fuera de lo universitario, su cargo más relevante fue su nombramiento en abril de 2014 como jefe de la División de Educación Superior del Ministerio de Educación, cargo que hoy considera que fue esencial para su trayectoria, y cuya experiencia sería un aporte como rector. La campaña de Martínez, se ha centrado principalmente en la necesidad de una transformación de la Universidad en contexto de una sociedad de cambios rápidos y bruscos. En entrevista con Radio Bío Bío, habló sobre su trayectoria, las falencias en el modelo de financiamiento, la participación estudiantil en la toma de decisiones y la necesidad de volver a darle importancia al pensamiento crítico y la reflexión sobre la competencia y objetivos a corto plazo.
EL ROL DE LA UNIVERSIDAD ¿Cuál cree usted que es el rol que cumple la Universidad de Chile hoy en el desarrollo del país? Yo pienso que la Universidad de Chile, en tanto institución, se da para apoyar el desarrollo intelectual del país y de su gente. Tiene un rol bien especial.
Estamos en el segundo cuarto de un siglo que sin duda trae muchas novedades y muchos cambios, no solamente en cantidad, sino también en la velocidad de esos cambios. La sociedad entera y la humanidad están enfrentando desafíos de época. En algún momento lo llamamos “tsunami de cambios”: nuestra biología sigue siendo la misma, pero nuestro espacio ha cambiado radicalmente, y por lo tanto esa adaptación es dramática, es radical y requiere una reflexión profunda, pero también adaptaciones ágiles y rápidas.
Por lo tanto, el aporte de la universidad en este momento de la historia es muy significativo, no solamente para reflexionar, sino también para transmitir esa reflexión y esa preparación crítica a sus estudiantes, a las nuevas generaciones, que van a ser los actores finalmente de estos procesos de cambio. ¿Qué desafíos hay para cumplir ese objetivo? Las universidades no están diseñadas para eso, están preparadas desde los años 60 para desarrollar investigación compartimentada en disciplinas y estas reflexiones son multidisciplinarias.
Por lo tanto, la universidad requiere una transformación para enfocarse ahora en una reflexión que viene de una forma diferente. También , las formas de financiamiento de las instituciones están asociadas a una actividad muy transaccional, pensada en problemas que en general son enfrentados desde una perspectiva más bien de corto plazo. Entonces creo que nuestro planteamiento es que hay que transformar la universidad para que pueda tener esta dinámica diferente asociada a los nuevos tiempos y que también contribuya a la sociedad en ese mismo proceso de transformación.
Porque armar un proceso de reflexión no es el gran desafío: si las universidades se lo plantean, lo van a hacer. Lo difícil es adaptar las instituciones, transformarlas para que no solamente asuman la reflexión, sino también el educar, investigar, transferir ese conocimiento, llegar a la sociedad a tiempo y aportar entonces a este proceso de cambio de la sociedad. Ese segundo elemento es cada vez más exigente.
Usted ha hablado de la necesidad de volver a proyectar el rol estratégico de la universidad. ¿Cree que se ha dejado de lado ese rol en el último tiempo? Yo creo que en general pensamos poco en términos estratégicos de largo plazo.
Nos absorbió esta discusión sobre la competencia, sobre compararnos en rankings y nos cuesta levantar la mirada estratégica con sentido de largo plazo respecto del aporte de una universidad a la sociedad. Y nos cuesta porque el espacio de autonomía que tiene la universidad está muy restringido por el tema de los recursos, que es la gran discusión que llevamos teniendo desde hace muchos años. Si vemos qué es lo que ha hecho la sociedad respecto de las universidades, en términos de espacios de investigación y reflexión, los números son bastante exiguos.
Tenemos un tema sistémico que nos empuja a esta lógica de corto plazo y, por lo tanto, el pensamiento estratégico cuesta instalarlo. Sin perjuicio de esa dificultad, tenemos que darnos cuenta de esa situación y construir pensamiento estratégico, porque de otra manera este “tsunami” nos va a pasar por encima. ¿Cómo fortalecería ese rol estratégico y esa mirada de largo plazo?
En primer lugar, plantear la necesidad urgente de tener espacios de discusión estratégica. No darlo por sentado. Lo segundo es tener la capacidad de adaptarnos a esos cambios y concretarlos en cambios reales.
Nosotros hemos definido ejes de cambios que necesitan una condición básica, que es la autonomía para poder llevar adelante esos procesos. Esa autonomía tiene que ver con espacios y recursos disponibles, cosa que en general las universidades estatales tienen poco. Entonces la propuesta es crecer, que la universidad crezca y genere espacios nuevos a través del crecimiento para innovar en docencia, en investigación, en educación continua y en varios ejes en los cuales podamos tomar decisiones autónomas.
VÍNCULO CON ESTUDIANTES Una polémica reciente ha sido la inclusión de la participación estudiantil en los consejos de facultad. ¿En qué tipo de decisiones cree que debiesen o no estar los estudiantes? En general, yo tengo una buena apreciación de la participación de los estudiantes en todos los temas, pero es inconveniente cuando los temas los afectan tan directamente como, por ejemplo, las formas de evaluación, donde ellos son parte muy interesada.
Pero siempre pueden reflejar problemas, dificultades, cuestionar posiciones críticas que ayudan a ir construyendo un mejor proceso de formación. Por otra parte, los estudiantes han cambiado mucho durante las últimas décadas, y el proceso formativo es cada vez más delicado y complejo. No hay muchos modelos a los cuales adherir, es una discusión a nivel internacional.
Por lo tanto, el diálogo con los estudiantes es fundamental: descubrir cuáles son sus intereses, qué los motiva, qué los mueve. Si no tienen motivación por el conocimiento, terminamos teniendo estudiantes muy pasivos, poco creativos, y perdemos el brillo que tiene el aprender y descubrir. Entonces la motivación es central y es un proceso que tenemos que hacer en conjunto, colaborativamente.
En los temas más de política universitaria, la participación de los estudiantes me parece relevante, pero siempre he pedido que se garantice que las decisiones tengan una clara mayoría académica, porque son los académicos los responsables permanentes de las universidades. En esos términos ha estado ocurriendo y creo que se ha consolidado un proceso en que la participación existe y tiene condiciones que garantizan la conducción de la universidad. ¿Cómo enfrentaría paralizaciones y tomas estudiantiles?
Yo tengo una posición crítica, muy crítica de las tomas. Me parece que son actos que violentan a la comunidad y la capacidad de discutir y conversar. Sin embargo, creo que las movilizaciones de los estudiantes tienen una dinámica social importante y ojalá aprendamos a desarrollar espacios de movilización y discusión que sean respetuosos y que permitan construir diálogo.
Los paros, cuando son los estudiantes los que deciden parar para reflexionar, bajo su responsabilidad, no afectan el quehacer de otros grupos. Ojalá que se hagan en forma acotada para espacios de reflexión. Pero hay un problema más fundamental, y es que las organizaciones estudiantiles han estado en una situación compleja de organización interna.
Algo ocurre: el interés por participar en la discusión política no se ha logrado traducir en organizaciones estables en los últimos años, y eso es un fenómeno que deberíamos mirar con ellos en conjunto. ESTADO Y POLÍTICA La Universidad de Chile, como organización estatal, ha estado relacionada de distintas formas con los gobiernos de turno, teniendo recientemente un especial lazo los egresados de la facultad de derecho con el periodo de Gabriel Boric. ¿Cuánto vínculo cree que debe tener la Universidad tanto con el Estado como con el Gobierno de turno?
La responsabilidad de la Universidad de Chile es sin duda con el Estado, es decir, con la sociedad y su organización, más que con un gobierno de turno. Con los gobiernos de turno tiene que tener una relación estrecha en el fomento de ciertos temas relevantes para la universidad, como la educación y la educación superior en particular. También en la investigación: qué se investiga, cómo se investiga y cuál es el rol de la investigación en el país.
Ahí tenemos una deuda importante. Estamos alrededor del 0,4% del PIB en inversión en investigación hace muchos años, mientras los países OCDE están sobre el 2,5% y algunos llegan al 6%. La brecha es enorme.
¿Ha militado en algún partido político? Nunca. Es bien fácil la respuesta, porque nunca he militado.
Estoy en la academia por un ejercicio personal de libertad intelectual y eso siempre me ha guiado. La Universidad de Chile ofrece esa libertad intelectual como un bien público a la sociedad. Durante el segundo Gobierno de Michelle Bachelet usted trabajó en la División de Educación Superior del Ministerio de Educación.
¿Cómo esa experiencia se reflejaría en su gestión como rector? Muchísimo, porque el mundo académico y el mundo de la política son mundos muy diferentes: códigos distintos, lenguajes distintos y valoraciones distintas. La política tiene poco espacio para la reflexión de largo plazo, es un proceso de toma de decisiones muy rápido.
La escala de las decisiones también es distinta: en la universidad el impacto es más acotado, mientras que en la política el impacto es país. Esa experiencia permite pensar cómo la universidad puede tener impactos de mayor escala y cómo relacionarse con el mundo político. Me tocó crear dos universidades completas desde cero, procesos complejos de alto impacto que involucran regiones enteras.
Eso te da una perspectiva de cómo aproximarse a problemas de ese nivel y cómo establecer diálogos con el mundo político desde la academia. El nuevo gobierno ya ha anunciado cambios en la gratuidad universitaria. ¿Qué opinión tiene sobre esa política?
Me cuesta tener una opinión porque lo que se ha dicho se ha centrado en la discusión sobre los 30 años para acceder a la gratuidad, y no creo que esa sea la política de educación superior, porque en realidad es de muy poco impacto. El problema de fondo es el financiamiento de los estudiantes y cómo establecer una política que sea estable en el tiempo y sostenible, tanto para los estudiantes como para las instituciones y la sociedad. Ese problema se ha tratado desde el gobierno de la Presidenta Bachelet, luego en el gobierno siguiente y el último intento fue el FES.
Ha habido más convergencia de lo que se cree y hay que consolidar esa convergencia para lograr un sistema de financiamiento estable, que dé acceso equitativo en base al talento y el mérito. Y el otro gran tema es cómo financiar la investigación, porque en Chile la investigación la hacen principalmente las universidades, pero no hay financiamiento directo y claro para eso. El financiamiento del Estado está orientado a los estudiantes, y la investigación se financia indirectamente, lo que genera distorsiones y mantiene la investigación en niveles muy bajos.
Sin embargo, la producción científica chilena es alta en relación con la inversión, lo que demuestra que hay capacidades, pero falta inversión en infraestructura, laboratorios y transferencia tecnológica. ¿Algún llamado? Redondear la idea de que esta preocupación por transformar la universidad es una preocupación sistémica que debiera afectar a toda la sociedad.
Este es un llamado urgente a darnos cuenta de que nuestros sistemas, nuestra organización, incluso la política, se mueve a la velocidad del siglo pasado y no es capaz de adaptarse a los cambios actuales. Eso está generando inestabilidad social y política a nivel mundial. Debemos ser conscientes de eso y las universidades tenemos una responsabilidad especial en pensar este problema seriamente y hacernos responsables de hacer los cambios necesarios para estar a tono con la velocidad a la que se transforma la sociedad.
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