Cambio de mando: El poder de la solemnidad y el respeto al mandato del pueblo
Cada cierto tiempo las sociedades necesitan recordarse a sí mismas quién manda realmente. En las democracias, la respuesta es simple y a la vez profundamente exigente: manda el pueblo. Y esa verdad política, que puede parecer evidente en el papel, se vuelve tangible en momentos específicos.
En Chile, uno de esos momentos ocurre cada 11 de marzo, cuando se realiza el cambio de mando presidencial. La escena se repite con una solemnidad que trasciende a los protagonistas. Un presidente saliente entrega la banda presidencial a su sucesor, aunque este sea su adversario político.
Ese gesto —simple en apariencia— contiene uno de los actos más civilizatorios que una comunidad política puede sostener: reconocer que el poder no pertenece a las personas ni a los gobiernos, sino a la ciudadanía que lo delega temporalmente. Hoy volvimos a presenciar ese momento. El ex presidente Gabriel Boric entregó la banda presidencial a José Antonio Kast, dando inicio a una nueva etapa política en el país.
Más allá de las diferencias ideológicas, del entusiasmo de unos o de las reservas de otros, el acto reafirma algo fundamental: la continuidad del Estado y el respeto por las reglas democráticas. Desde el retorno a la democracia en 1990, Chile ha construido una tradición republicana que ha logrado sostenerse en el tiempo. Cada cambio de mando ha sido una reafirmación de la institucionalidad.
Gobiernos de distintos signos políticos han asumido y han dejado el poder bajo el mismo principio: la soberanía popular se expresa en las urnas y se materializa en instituciones que todos deben respetar. No es un gesto menor. En muchas partes del mundo la transferencia del poder es un momento de tensión, de incertidumbre o incluso de ruptura institucional.
Chile, con todas sus dificultades y conflictos propios de cualquier democracia viva, ha logrado preservar este rito republicano que recuerda que la política no es una disputa por el control permanente del Estado, sino una alternancia legítima dentro de un marco común. Por eso el cambio de mando no es solo una ceremonia. Es una pedagogía cívica.
Enseña que las instituciones están por encima de los liderazgos individuales y que la legitimidad democrática no depende de quién gane o pierda, sino del respeto colectivo por las reglas del juego. Cuidar esa institucionalidad es, quizás, una de las tareas más importantes de cualquier sociedad democrática. Porque las instituciones no se sostienen solo por leyes o protocolos, sino por la convicción compartida de que son el espacio donde se expresa la voluntad del pueblo.
Cada 11 de marzo, Chile vuelve a recordarlo. Y en ese gesto, aparentemente sencillo, se reafirma una de las bases más profundas de nuestra convivencia republicana.