Búsqueda de desaparecidos: “Es un tema de dignidad humana”
Las dictaduras del Cono Sur, los conflictos internos de Centroamérica y la crisis del crimen organizado que afecta a distintas regiones de América Latina tienen en común el horror que causa la desaparición de personas. Y una vez que retorna la democracia, se firma la paz o los Estados comprenden la magnitud del drama que supone tener a familiares con paradero desconocido, surge la necesidad de buscar y, dado el caso, identificar los restos. En ese contexto han surgido fundaciones y organizaciones que se encargan de la labor forense.
A veces bajo el paraguas estatal, como en el caso de Chile, o creadas por el impulso de la sociedad civil, como ha sido el caso de Argentina y Guatemala, estas asociaciones se encargan de dar respuestas y, también paz y un atisbo de justicia, a familias que a veces llevan décadas buscando a sus seres queridos. “Cuando uno imagina el trabajo de la antropología forense piensa que la mayor parte del tiempo estamos en terreno excavando y analizando restos. Pero la verdad es que estamos casi siempre investigando”, cuenta a DW Mariana Segura, directora para Sudamérica del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), organización surgida en 1984 para buscar a los desaparecidos de la última dictadura argentina, y que con los años se ha convertido en el modelo a seguir en esta materia.
Cuando Segura dice “investigando”, se refiere a recopilar testimonios e indagar en documentos que puedan ayudar a dar con sitios donde podría haber cuerpos enterrados. “Para eso había que hacer un relevamiento documental muy importante. Nosotros sabemos que las personas no desaparecen, así que en algún lado tenían que estar y algo les debió suceder”, explica.
Y así empezaron la búsqueda. El papel de Clyde Snow “En Guatemala la paz se firmó el 29 de diciembre de 1996. En 1997 comenzó el trabajo de la fundación”, cuenta Fredy Peccerelli, presidente de la Fundación de Antropología Forense de Guatemala (FAFG).
Con 160. 000 muertos y 40. 000 desaparecidos durante el conflicto armado interno que afectó al país desde 1960, el trabajo que tenía sobre sus hombros la fundación, que había sido precedida entre 1992 y 1997 por el Equipo de Antropología Forense de Guatemala, era ingente.
“Todo comienza con el doctor Clyde Snow, un antropólogo forense estadounidense que viajó en 1984 a Argentina y en 1990 vino a Guatemala a hacer las primeras exhumaciones a petición de familiares de desaparecidos”, relata Peccerelli a DW. También aquí se usó el modelo de organización civil, porque “en nuestros países fueron los estados los mayores perpetradores de las desapariciones, así que no había posibilidad de abrir procesos de ayuda a las familias ante crímenes donde los responsables eran los mismos estados”. Experiencia que sirve en más lugares Segura revela que, para dar forma a sus investigaciones, los encargados del EAAF comenzaron a recopilar información de los testimonios de familiares y también de personas “que pasaron por lo que denominamos centros clandestinos de detención y que no tuvieron un destino fatal; ellos fueron pioneros en brindar sus testimonios”.
Esa metodología de trabajo fue replicada posteriormente en otros países. “Al ser un equipo independiente que se estaba especializando en la búsqueda e identificación de personas desaparecidas, otros países de la región nos convocaron”, explica. Allí el enfoque era capacitar a equipos locales para multiplicar el trabajo de búsqueda e identificación.
“Así se hizo con Guatemala y Perú”, cuenta Segura. Miembros del equipo también han trabajado en México, Asia, Europa y Medio Oriente, en entornos totalmente distintos. “Para nosotros fue un desafío, porque había otros contextos que tienen la necesidad de búsqueda e identificación, por ejemplo los bélicos, los conflictos internos, étnicos o religiosos, o las mujeres que desaparecían en Ciudad Juárez, allá por los inicios del 2000”, agrega la experta argentina.
Sin ir más lejos, en 2014 abrieron una oficina en México, “específicamente para buscar e identificar los restos de dos masacres muy grandes, las de Tamaulipas y de Cadereyta”. Acompañamiento y búsqueda digna La FAFG también ha llevado su experiencia más allá de las fronteras de su país. “En 1997, 1998 y 2000 tuve la oportunidad de declarar en cuatro juicios de genocidio en La Haya, por el trabajo que habíamos hecho en Bosnia.
Y a partir de 2015 trabajamos en Colombia, México y El Salvador. Ahora estamos en Bangladés con la población rohingya, en Siria y también en Tailandia”, señala Peccerelli. “Guatemala es un país en vías de desarrollo, y no se espera mucho de nosotros en el ámbito internacional, ¿verdad?
Tenemos esta experiencia por haber pasado por un conflicto armado y por el hecho de que el Estado nunca dio respuestas. Nosotros surgimos y crecimos por ese vacío. Pero sí, este reconocimiento es motivo de orgullo para nosotros como guatemaltecos”, apunta.
El presidente de la FAFG confía en que pronto el Estado asumirá un rol más activo en la búsqueda de los restos. “Hemos realizado más de 2. 000 investigaciones en Guatemala.
Creemos que la evidencia forense capturada ha sido un gran aporte para la justicia, pero lo que realmente queremos es que las familias se sientan tranquilas con que buscamos en todos los espacios donde ellos piensan que pueden estar sus familiares”. “Una vez vino un familiar y nos dio su muestra de ADN”, confidencia Peccerelli. “Luego nos dijo que ahora se podía morir en paz, porque sabía que incluso después de muerta podría seguir buscando a su hija”.
Tras un breve silencio, agrega: “Nosotros somos científicos, hacemos las cosas en este plano. Más allá de eso está lo que nos enseñan los familiares, y así aprendemos que el impacto de lo que hacemos va mucho más allá de lo que nosotros entendemos”. El proceso interno “En los casos de crímenes de lesa humanidad, saber que estamos llevando una respuesta a una familia que lleva 40 años esperando nos da una inmensa alegría.
Lo que más me gusta es poder estar allí con los familiares en la notificación, porque es un momento único y lo vivimos con mucho orgullo. En un mundo ideal, nuestro trabajo no debería existir en realidad”, reflexiona Segura. “Obviamente nos vemos muy afectados emocionalmente por lo que hacemos”, complementa Peccerelli.
“Esa emoción la usamos como motivación. Siempre pienso cómo querría yo, si fuera uno de los afectados, que hiciera una organización. Entendemos que el simple hecho de sentarse con alguien, escucharlo y que nos cuente cómo era físicamente su familiar, y así recordarlos, ya es muy significativo para las personas”.
El antropólogo forense guatemalteco prosigue: “Ya llevamos 4. 005 identificaciones. Es mucho, pero no son 30 mil, así que nos falta trabajo por hacer.
Yo creo que la memoria histórica es la gran deuda pendiente y debería ser nuestro legado, asegurarnos, al escuchar a las víctimas, de que esto nunca se repita. Este no es un tema político, este es un tema de dignidad humana. El primer paso es reconocer que esto pasó y que juntos tenemos que hacer algo para apoyar a que se busque a estas personas”.
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