Busco calor en esa imagen de video: con Gustavo Cerati modo virtual Soda Stereo emociona en su regreso a Chile
A las virtudes con las que se puede delinear la figura —irreal, inalcanzable, casi divina— de Gustavo Cerati habrá que añadir, con justa razón, su capacidad para dibujar en el mapa lo que aún no ocurre. En la pieza que bautiza y articula el segundo álbum de Soda Stereo, Nada personal, es decir, cuarenta años atrás, ya verseaba: “Comunicación sin emoción, una voz en off con expresión deforme/ busco algo que me saque este mareo/ busco calor en esa imagen de video”. Y más acá en el tiempo, el miércoles 31 de octubre de 2007, despidió el último concierto que ofrecería el trío en Chile, su segunda despedida, con un spoiler: “Nos vemos en la próxima…, de la forma que sea”.
Fallecido en septiembre de 2014, hace algo menos de doce años, víctima de un paro respiratorio en la Clínica ALCLA de Buenos Aires a los cincuenta y cinco años, el aura de oráculo de Cerati se hizo carne anoche, jueves 26 de marzo, en el Movistar Arena. Sus excompañeros, Zeta Bosio y Charly Alberti, y un equipo de productores que incluye a sus hijos, Benito y Lisa, lo hicieron posible. Minutos después de las nueve, cuando arrancan —precisamente— los acordes de “Nada personal”, cae el telón y por fin aparece: sí, Gustavo Cerati está ahí.
Debajo de su pelo de siempre, aros de algodón que maridan con la guitarra Jackson azul de costumbre y la electricidad a su alrededor. Formados de izquierda a derecha, Gustavo, Charly y Zeta: Soda Stereo. Hay gritos, sorpresa, emoción.
Después de todo, en el escenario y en las pantallas gigantes está de regreso el ingeniero psíquico del rock latino. Es una reencarnación virtual, diseñada con tecnología de punta especialmente para la ocasión, Ecos, el que tal vez sea el último tour de una agrupación que ya había rendido homenaje al frontman con Soda Stereo: Gracias Totales entre febrero de 2020 y junio de 2022. Pero qué importa: la imagen que canta y toca las viejas pistas guardadas, algunas inéditas, es increíblemente real y detenta el magnetismo adecuado para, a pesar de los debates previos y algún ida y vuelta en redes sociales, sacudir fibras y ponerlos a todos a sus pies.
(Y, además, vender medio millón de entradas entre Buenos Aires, México, Chile, Uruguay, Perú y Ecuador). Los gritos, de hecho, hacen parecer que es todavía de carne y hueso. Es, en resumidas cuentas, lo que advertía Página 12 luego de su estreno en la capital argentina: “Como en el cine, se trata de suspender la incredulidad y dejarse llevar por la ilusión.
La gran mayoría de quienes llenaron la primera cita lo hizo, lo disfrutó”. Aquí también. En especial los más jóvenes, aquellos herederos de la discoteca de sus padres que oyeron en bucle “De música ligera” en su infancia y no podrían de otro modo ver a la leyenda.
El goce se justifica con un setlist que no da tregua: “Ella usó mi cabeza como un revólver”, “(En) el séptimo día”, “En la ciudad de la furia”, “Sobredosis de TV”, “Persiana americana”, “Un misil en mi placard” en su versión unplugged. No se pueden sacar fotografías ni grabar videos, hay unos carteles que lo advierten. El brillo de las pantallas, dicen, afecta la formidable puesta en escena.
Pero es inevitable: todos quieren un pedazo de Gustavo así sea su avatar. Tal vez el punto más bajo haya sido durante “Cuando pase el temblor” y “Zoom” cuando Zeta y Charly (Gustavo también) dejan el escenario y a cambio ofrecen transiciones animadas con la estética de los clips originales o ilustraciones a cargo de George Manta. Pero hacia el final, las cosas vuelven a ponerse calientes.
Es el turno de la furibunda “Final caja negra”, seguida de “Primavera 0” y “Prófugos” para, luego, clausurar el rito como corresponde: Bosio y Alberti cambian el escenario por el público, se suben a dos tarimas desplegadas en cancha y desde allí interpretan acaso su magnum opus, “De música ligera”, mientras en las pantallas gigantes se atropellan imágenes de archivo, claro, con un Gustavo protagonista. La cercanía del bajista y el baterista con el público fungirá como un componente emotivo a la medida del epílogo: en una noche definida por el avance tecnológico, el contacto logra despertar esa clase de intensidad que, por más que sea Cerati, una recreación digital no podrá.
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