Bolivia: entre un Estado débil y una sociedad civil díscola
El titular corresponde a una afirmación de René Zavaleta a fines de los ’70. Los hechos recientes parecieran confirmar su vigencia. ¿Qué profundidad tiene la actual crisis boliviana?
¿puede afectar a la institucionalidad? ¿se puede explicar todo a partir del clivaje izquierda y derecha? El presidente Rodrigo Paz asumió el mando el 8 de noviembre del 2025.
Luego de obtener poco más de 1. 700. 000 votos en la primera vuelta (32%), alcanzó arriba de 3.
500. 000 (54%) en el ballotage, derrotando al derechista Jorge “Tuto” Quiroga, abanderado por el partido Libre. Paz, un profesional formado en EEUU, hijo del ex presidente Jaime Paz Zamora, partidario de un “capitalismo popular”, concurrió cobijado en la sigla del partido demócrata cristiano (PDC) boliviano.
Lo acompañó como vicepresidente el ex apitán de policía Edman Lara, quien alcanzara notoriedad por sus denuncias contra la corrupción. Si bien la dupla Paz-Lara obtuvo una gran victoria electoral, es notorio que en la segunda vuelta logró atraer a buena parte del electorado que antaño votaba por el MAS. Este concurrió a las elecciones dividido como luego explicaremos.
En cuanto a parlamentarias, en el Senado el PDC obtuvo 14; Libre, 12, y el partido Unidad (que apoya al empresario Samuel Doria Medina) llegó tercero en la primera vuelta, con 7. En la Cámara de Diputados las principales bancadas fueron similares: PDC 49, Libre 39 y Unidad 26. Primeras conclusiones El nuevo gobierno carece de mayoría parlamentaria, el MAS quedó fuera del Congreso y una eventual sumatoria de Libre y Unidad puede conformar una mayoría a la derecha del presidente.
Lo anterior es en cuanto a representación política, porque en materia económica las elecciones y la instalación del nuevo gobierno se dio en medio de una aguda crisis económica. Una aguda escasez de divisas, provocada entre otras cosas por la caída de las exportaciones de gas, provocó una escasez de combustible que afectó la movilidad de todo el sistema, desde el transporte de pasajeros hasta la logística del campo a la ciudad. El precio del combustible estaba muy subsidiado y el dólar paralelo disparado.
Obviamente, el costo político mayor lo pagó el gobierno del entonces presidente Luis Arce Catacora, hoy procesado. Por ello, el nuevo gobierno tuvo que asumir esta crisis de combustible desde su primer día y lo logró parcialmente, no sin dificultades, eliminando en forma progresiva los subsidios y anunciando la reorientación de la estrategia de desarrollo del país. Pero lo principal es que el triunfo de Paz puso fin a la hegemonía que tenía el Movimiento al Socialismo, (MAS) fundado por Evo Morales, que gobernó por casi 20 años el país.
La dispersión del MAS Este ha sido uno de los procesos más significativos. Sería largo explicarlo, pero constatemos que, en las últimas elecciones presidenciales, el MAS concurrió dividido. En efecto, al votante masista se le ofreció apoyar al ministro de gobierno de Arce, Eduardo Del Castillo, o apoyar al senador Andrónico Rodríguez, representante de la nueva generación del masismo.
Evo fue impedido de postular -se fundamentó en razones judiciales- se declaró opositor al gobierno de Arce y logró vetar el apoyo a Rodríguez, para concluir convocando al voto nulo. El resultado no pudo ser peor: el MAS perdió el gobierno y virtualmente quedó fuera del Congreso. En otras palabras, la fuerza social y política del MAS, producto de las querellas en sus alturas, se quedó sin representación institucional.
En las elecciones de gobernadores de marzo pasado el MAS sólo ganó en uno de nueve departamentos, Cochabamba. La crisis de hoy En sus primeros seis meses el gobierno logró superar la crisis de combustible de fin de año, pero no resolvió el tema estructural: impulsar un nuevo modelo de desarrollo que reemplace al del “proceso de cambios”, como los masistas llamaron a su proyecto de industrialización financiado en gran parte por el excedente generado por el gas. Lo anterior no niega que el MAS logró importantes avances de inclusión en una sociedad que desde tiempos coloniales se caracteriza por su racismo y su escasa cohesión social.
Diversas organizaciones sociales emergieron y se fortalecieron, especialmente cuando el gas permitía una distribución más equitativa del producto. Pero luego de seis meses buena parte de las dificultades han vuelto: escasez de combustible, paros de camioneros, bloqueos, desabastecimiento de ciudades -especialmente en La Paz- e inflación de precios de alimentos. El gobierno se ha debilitado, no ha logrado construir un acuerdo parlamentario estable, salvo apoyos financieros de emergencia procedentes de organismos multilaterales (FMI y CAN).
Un gobierno débil es visto como un gobierno presionable y allí aparecen nuevas y viejas demandas, algunas muy legítimas, otras no tanto. Además, presidente y vicepresidente protagonizaron un temprano divorcio y el capitán Lara hoy observa sin angustia las dificultades del titular. Si una crisis es una síntesis de contradicciones, no cabe duda de que Bolivia vive una crisis.
El futuro cercano Los bloqueos se han generalizado y afectan en especial a la capital. La situación se vuelve insoportable y el nivel de violencia llega a niveles inéditos: en La Paz grupos extremistas atentaron a uno de los orgullos de los paceños: el Teleférico, una de las mayores -y más útiles- obras de los años del MAS. El desabastecimiento generalizado, una ciudad paralizada que castiga en especial a los trabajadores informales (la inmensa mayoría), la violencia en las calles, todo afecta el ánimo.
La bronca emerge: ¿contra quién se dirigirá? ¿contra el gobierno o contra los bloqueadores? A la fecha el gobierno no ha recurrido a un estado de excepción, buscando sin éxito el diálogo.
También es probable que las FFAA perciban, por su experiencia, que se trata de un problema más político que militar. “Nosotros podemos poner orden, pero va a tener costos”, es lo que se ha escuchado en situaciones similares en otros países de América Latina. Por cierto, los uniformados ya saben que una vez normalizada la situación viene la creación de una “comisión verdad” y saben que serán más uniformados que civiles los procesados.
Bolivia es una sociedad abigarrada, donde conviven diversos clivajes, como el regional (entre el oriente con epicentro en Santa Cruz y el occidente altiplánico), el racial (entre la minoría blanca europea y la masa indígena) e incluso dentro el propio mundo étnico (Chapare y El Alto), en fin. Se trata de una compleja realidad, con débiles mecanismos de cohesión social, que desborda con creces el simplismo de reducir todo al clivaje “izquierda-derecha”. De más está decir que la situación boliviana empieza a lanzar esquirlas al barrio.
Bolivia acaba de declarar persona non grata al embajador colombiano, acusando al presidente Petro de injerencia. Más cercanamente, la crisis boliviana impactará en la segunda vuelta peruana, de por sí ya polarizada. A au vez, Argentina envía aviones con alimentos y se rumorea que también provee de material antimotines, como ocurriera en tiempos de la expresidenta Añez.
Un tema mayor sería que se impusiera la consigna de algunos bloqueadores por la renuncia del presidente. ¿Asumiría el capitán Lara? ¿se tranquilizaría el mercado o entraríamos a una fase de gobierno parlamentario como sucede en Perú desde hace años?
Bolivia está en el centro de Sudamérica y su realidad se proyecta con distintas intensidades a buena parte del subcontinente, lo que obliga a prestarle la debida atención, por lo que es necesario superar el facilismo analítico y a la vez pensar que, para todos los Estados, el mejor vecino es el más estable.
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