URGENTE.CL
● EN VIVO
“Atalayando negruras” hacia el fin de los mares
AVISO
🌊CLIMA
02:30 · Chile

“Atalayando negruras” hacia el fin de los mares

Compartir

La dama del mascarón de proa del pontón “Leonora”, aquella embarcación embrujada de la que hablaba el sargento primero Escobedo a los marineros en torno suyo en El último grumete de la Baquedano, de Francisco Coloane, ha vuelto a cobrar vida. La responsable es otra mujer fantasmal, igual de fuerte y misteriosa, que habita las páginas de Leonora Bruce (Ediciones CEP, 2025), de la relevante poeta, promotora cultural y profesora de talleres literarios Taty Torres. En este volumen, ganador del premio Juegos Poéticos y Florales Gabriela Mistral 2016, la escritura de Torres se erige en una experiencia liminal donde la lectura, la memoria y la corporalidad se entrelazan en un gesto poético de invocación persistente.

La figura espectral de Leonora deja de ser un mero referente literario para convertirse en una presencia encarnada que coloniza la subjetividad de la hablante lírica, instalándose en un territorio ambiguo entre la infancia, el miedo y el deseo. Desde las primeras páginas, el poema construye una atmósfera de filiación obsesiva: “Y en sueños te nombré / Leonora / Leonora / Bruce / y se estremeció mi niñez de ojos minúsculos” (p. 2).

Este estremecimiento no es sólo evocación, sino el inicio de una posesión simbólica. El libro despliega un tejido donde lo marítimo, lo doméstico, lo onírico y lo corporal se funden en una misma lógica de asedio. La casa y el barco devienen espacios equivalentes, ambos atravesados por la humedad, el crujido y la memoria en tinieblas.

En este sentido, la voz poética articula una poética del encierro en la que la infancia aparece como un territorio sitiado por presencias indecibles: “Hubo un tiempo de lluvias desdibujadas / de paredes llorosas / de sombras tras cristales / y gemidos atrapados” (p. 4). La materialidad del lenguaje refuerza esta sensación, mediante imágenes que insisten en lo viscoso, lo húmedo y lo orgánico.

La interlocución con Leonora Bruce, aquella atormentada mujer que tantas vidas cobró hasta que fue encontrado su cadáver, se desplaza progresivamente desde la fascinación hacia una forma de identificación inquietante. La figura fantasmal no sólo visita, sino que se incrusta en la carne de la hablante poemática, produciendo una indistinción radical: “¿O soy yo quien mira por los ojos de ella? ” (p.

16). Asimismo, la obra introduce una dimensión metatextual al interpelar directamente a Coloane: “Señor coloane (sic)/ si usted pudiera verme ahora / sobre este barco de papel / sedienta y con miedo” (p. 9).

Esta apelación plantea una tensión entre creación y apropiación, donde la autora reescribe y resignifica el mito desde una perspectiva íntima. El lenguaje que puebla el libro se distingue por su intensidad sensorial y su ritmo entrecortado -versos cortos, poemas breves-, que reproduce la lógica del recuerdo traumático. La reiteración, las invocaciones y las imágenes de descomposición construyen una cadencia que envuelve al lector en un estado de inquietud sostenida.

Se logra articular el miedo, la sexualidad incipiente y la muerte: “Digo Leonora / y siento un crujir de dientes / y el sexo se abre al vacío” (p. 6). Hacia el cierre, no se ofrece una resolución, sino una persistencia de la presencia espectral, que continúa en la memoria y el cuerpo de la sujeto lírico.

La escritura se presenta entonces como un intento de exorcismo siempre fallido: “Ella se me adentra entre piel y carne / no hago más que cerrar los ojos / y llega” (p. 41). Leonora Bruce nos arropa, en suma, como una lúcida exploración en torno a la potencia de la intertextualidad en tanto experiencia vital.

En sus páginas la lectura deviene forma de posesión, y la poesía territorio de confrontación con lo sombrío. La autora logra construir un universo en el que la figura heredada de Coloane adquiere una nueva vida, más íntima y desgarradora, reafirmando el poder de la escritura para reconfigurar los fantasmas que nos habitan. Con Leonora vamos, como Alejandro Silva, El último grumete…, “atalayando las negruras”, hacia el fin de los mares.

¿Te pareció importante esta noticia?

Compártela y mantén informado a Chile