Antuco: que el dolor se transforme en conciencia
Han pasado ya más de dos décadas desde la Tragedia de Antuco, y sin embargo, el frío de aquella mañana del 18 de mayo de 2005 sigue recorriendo la memoria de Chile. El tiempo avanza, cambian los gobiernos, cambian las autoridades y cambian incluso las generaciones, pero hay heridas que nunca terminan de cerrar. Antuco es una de ellas.
Cuarenta y cuatro jóvenes soldados y un suboficial murieron en la nieve bajo condiciones que jamás debieron permitir que esa marcha continuara. Jóvenes de familias trabajadoras, hijos de barrios y poblaciones, muchos de ellos realizando el servicio militar con sueños simples: ayudar en sus casas, construir un futuro o simplemente cumplir con su deber. La cordillera no hizo distinciones; el viento blanco apagó vidas que recién comenzaban.
Pero recordar Antuco no puede transformarse únicamente en una ceremonia anual o en un ejercicio de nostalgia dolorosa. La memoria sirve cuando genera aprendizaje. Y Antuco debe convertirse precisamente en eso: conciencia.
Conciencia de que ninguna institución está por sobre la vida humana. Conciencia de que la disciplina jamás puede confundirse con obediencia ciega. Conciencia de que el mando implica responsabilidad, criterio y humanidad.
Porque cuando una autoridad pierde la capacidad de cuidar a quienes tiene bajo su responsabilidad, deja de ejercer liderazgo y comienza el abandono. También debe ser conciencia para el Estado de Chile. Los jóvenes que visten un uniforme siguen siendo hijos de alguien, siguen siendo personas con derechos, sueños y familias que esperan verlos regresar a casa.
Ningún entrenamiento, ninguna instrucción y ninguna lógica de mando puede valer más que la vida de un ser humano. Antuco no debe dividirnos en odio ni en trincheras políticas. El odio nunca reconstruye; solo perpetúa el dolor.
Lo que sí puede hacerlo es la reflexión profunda y la capacidad de asumir que las tragedias muchas veces ocurren cuando se normaliza la soberbia, cuando se minimizan las alertas o cuando se cree que reconocer un error es señal de debilidad. La mejor manera de honrar a quienes murieron en Antuco no es solamente dejar flores en un memorial. Es construir instituciones donde la vida tenga valor real, donde la prevención sea obligación y donde jamás vuelva a existir un joven abandonado frente a una tormenta por decisiones equivocadas.
Porque Antuco no puede repetirse nunca más. Y para que eso ocurra, la memoria debe dejar de ser solamente tristeza y transformarse definitivamente en conciencia. Gastón Saavedra, senador de la república.
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