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Alfredo Sepúlveda: “Durante el estallido social, Piñera tomó decisiones que lo sitúan en la historia: impidió la ruptura de la democracia”
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07:30 · Chile

Alfredo Sepúlveda: “Durante el estallido social, Piñera tomó decisiones que lo sitúan en la historia: impidió la ruptura de la democracia”

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Las calles de la ciudad se veían desiertas. El país cumplía una semana en cuarentena debido a la pandemia del Covid-19. Era el 3 de abril de 2020, un viernes, el día que solía concentrar las protestas y enfrentamientos con la policía desde el estallido del 18 de octubre.

Cuando se dirigía a su casa, el auto del Presidente Sebastián Piñera se detuvo en Plaza Baquedano, el epicentro simbólico de la revuelta. El mandatario se acercó al monumento vandalizado, donde entre otros rayados se leía “Fuera Piñera”, y en ese entorno desolado se tomó una foto sonriente. La imagen enfureció a sus detractores, generó polémica y el presidente se disculpó rápidamente.

-Fue una cosa infantil, pero él era un winner. Le gustaba apostar y ganar. Y de algún modo esa foto dice: no me botaron, ¡gané!

-dice hoy el periodista e historiador Alfredo Sepúlveda. Autor de Bernardo, la biografía de Bernardo O’Higgins, de la Breve Historia de Chile y de Unidad Popular, una revisión del gobierno de Salvador Allende, en su nuevo libro Sepúlveda examina con perspectiva histórica la figura del presidente que llegó a la política desde el mundo de los negocios, que empujó a la derecha tradicional hacia posiciones más de centro y que, en sus dos períodos, enfrentó cuatro catástrofes de contornos históricos: el terremoto de 2010, el rescate de los 33 mineros, el estallido social y la pandemia de Covid. Piñera, un lugar en la historia es un ensayo que se pregunta precisamente por el tipo de liderazgo del exmandatario, por la forma en que ejerció el cargo y, sin omitir las críticas, por sus logros como presidente: “En una palabra, ¿qué es Piñera desde la perspectiva de una continuidad histórica de la institución presidencial?

”. Con las herramientas de la historia y el ensayo político, así como en referencias literarias y cinematográficas, el autor revisa la trayectoria del exmandatario desde los 80, cuando se da a conocer cómo un economista que abraza el libre mercado y luego hace pública su opción por el No; prosigue con su carrera senatorial en los 90 y sus dos gobiernos en medio del nacimiento de “la sociedad de derechos” (2010-2014 y 2018-2022). Para Sepúlveda, es un personaje identificado con la transición y con la democracia de los acuerdos de los años 90.

Ambicioso, competitivo, ganador, optimista, Piñera fue un alumno aplicado de la economía neoliberal, acaso el más brillante de ellos; sin embargo, no abrazó todos los dogmas de la escuela de Chicago. Desde un pasado familiar democratacristiano, recaló en la derecha con una idea de modernidad. Y como presidente, afirma Sepúlveda, mantuvo su apego a la democracia aun en los momentos más críticos, cuando parte de su coalición lo presionaba para declarar estado de sitio y entregar el control a los militares.

Una de las críticas más frecuentes que recibió el expresidente es que carecía de un proyecto político. Pero usted afirma lo contrario. ¿Cómo definiría ese proyecto?

Piñera era un hijo de los 90 en dos sentidos: en el democrático y en el económico. Representa a esos grandes hombres de negocios que emergen en esa época, pero también tenía una dimensión política vinculada a la democracia que nace en 1990. Piñera era un hombre de acción, no de manifiestos.

La Concertación legitimó la democracia a través del mercado: había que fortalecer el mercado para sostener una democracia frágil. Piñera invierte esa lógica: propone legitimar el mercado a través de la democracia. Es decir, que un comportamiento democrático de la derecha permitiría que el mercado fuera aceptado socialmente.

¿Intentó también legitimar democráticamente a la derecha? Sí, pero eso fue más un efecto que su objetivo central. Su foco era la legitimación del mercado.

Dentro de la derecha había una disputa entre la derecha tradicional, vinculada a la democracia protegida de Jaime Guzmán, ligada al partido militar, y una derecha más liberal. Piñera pertenece a esta segunda corriente, aunque no estoy seguro de que sea plenamente liberal. Lo que sí hizo fue liderar una lucha por la hegemonía dentro de la derecha, que Piñera gana con todos los métodos que podía ocupar, también con el dinero del que disponía.

Y su hegemonía es indiscutible cuando él accede a la Presidencia de la República la primera vez: fue el regreso de la derecha al poder por vía democrática, desde 1958. Y mantiene el liderazgo por lo menos hasta el estallido. Y con esa hegemonía logró desplazar a la derecha tradicional hacia una centroderecha.

Su frase sobre los cómplices pasivos de la dictadura marcó una suerte de hito. ¿Buscó separar a la derecha del pasado militar? Más que de los militares, buscó tomar distancia de 1973 como punto de referencia.

Su referente es 1990. Es, en cierto sentido, refundacional: propone mirar hacia el futuro más que al pasado. Y si mirábamos al pasado, era Aylwin y la fundación de la democracia de 1990, de la que él se sentía parte.

Es un optimista de la historia, con una visión de progreso. ¿Modernizó la derecha? En el libro me pregunto qué es ser moderno en Chile.

Es estar conectado con Occidente: eso yo lo llamo la modernidad geográfica. De alguna manera, el proyecto guzmaniano es un intento de construir modernidad local desde Chile, es decir, una democracia protegida, con senadores designados, lo que se llamó enclaves autoritarios. Pero eso no dialoga con lo que estaba pasando en los 90, que fueron años socialdemócratas: era la aceptación de la democracia por la izquierda, la aceptación del mercado por la izquierda.

Piñera lee esto y dice, bueno, no tiene ningún sentido mantenernos en una modernidad local de la que nadie se entere y que más encima no se va a comprender como moderna afuera. Lo que tenemos que hacer desde la derecha es abrazar la misma modernidad que todos, que es la modernidad geográfica. Entonces, en ese sentido, sí es moderno.

Él era una persona muy práctica, muy funcional, muy poco dada a la ideología cerrada. Pero ese discurso de modernidad parece quedarse corto cuando aparece la “sociedad de derechos”. Exactamente.

Piñera no logra comprender esa nueva sensibilidad que emerge desde 2009 en adelante. Se trata de una irrupción del malestar en la política: las emociones, percepciones, experiencias subjetivas. Eso no estaba en su marco conceptual.

Su visión de modernidad era más cuantificable, basada en indicadores. Por eso le costaba entender un descontento que no se reflejaba en los datos. Usted afirma que no fue neoliberal.

¿Por qué? ¿Qué lo diferenciaba de los Chicago Boys? La diferencia es que él, por lo menos desde los 80, dice que para solucionar la cuestión social, el rol del Estado como agente distribuidor de riqueza es ineludible, que es la única forma de hacerlo.

Es más, dice que para solucionar la pobreza, en Chile al menos, solo la intervención del Estado puede hacerlo. Eso no es neoliberalismo. Un Chicago diría nosotros no nos vamos a meter en esto, salvo para hacer crecer la economía y de esa manera solucionaremos la cuestión social.

Piñera dice en los 90, en el Congreso, el que crea que el mercado lo arregla todo está muy equivocado. Por eso digo que nunca fue un neoliberal. Trabajó con ellos, los consideraba súper competentes, estaba a favor de la revolución económica que trajeron los militares, pero no fue un neoliberal.

¿Cómo evalúa hoy los juicios sobre su segundo gobierno? Kast llegó a decir que era el peor presidente de los últimos 30 años. Piñera era un tomador de riesgos.

Durante el estallido social toma decisiones que, a mi juicio, lo sitúan en la historia: logra evitar una ruptura de la democracia representativa. Aunque su segundo gobierno fue derrotado, hay una enseñanza. El 4 de septiembre de 2022, el triunfo del Rechazo muestra que su proyecto político no estaba completamente equivocado.

Su primer gobierno termina en un fracaso, entregándole el poder a Michelle Bachelet. Y el segundo es derrotado y le entrega el poder a Gabriel Boric, ¿políticamente, qué queda de ellos? Ese fracaso y esa derrota constituyen el “piñerismo” como proyecto político.

Es un proyecto gradualista, reformista, capitalista y antirrevolucionario, que mantiene la idea del desarrollo como meta y le otorga un rol al Estado. Hoy está debilitado electoralmente, pero existe como idea y como posibilidad política. ¿Cuál fue su principal logro?

Haber articulado un proyecto político moderno que sigue dialogando con el presente y que mantiene la idea del desarrollo como forma de resolver la cuestión social. Usted sitúa el 12 de noviembre como un momento pivote: Piñera duda si firmar o no el decreto de estado sitio. Pide a sus colaboradores que lo dejen solo, desecha el decreto y escribe el discurso donde llama a un acuerdo por la paz.

¿Qué valor histórico tuvo ese momento? Ahí decidió no convertirse ni en mártir ni en tirano. Frente a una enorme presión para imponer el orden por la fuerza, opta por una salida política.

Evita un escenario potencialmente muy violento. Fue una decisión poco épica, pero profundamente democrática: salvó la democracia. El riesgo era muy parecido a agosto del 73 y al presidente Allende, es decir, un presidente sin poder, que es visto como dictador por la oposición y él, a su vez, ve a la oposición como sediciosa.

Un presidente sin poder ante los militares, ¿quién va a ocupar el poder? Hubiera habido muertes, más allá de las tolerables en cualquier sistema político: las violaciones a derechos humanos habrían pasado a ser sistemáticas, porque los militares se organizan profesionalmente para las batallas. El contrafactual es muy, muy oscuro a mi juicio.

Yo creo que Piñera tuvo eso en la cabeza y entregó lo que tenía que entregar, es decir, la Constitución. La oposición de ese momento, ¿cómo la califica? En términos técnicos, fue una oposición desleal.

En ciencia política existe ese concepto: oposición desleal es aquella que se aparta de los principios básicos de la democracia, por ejemplo, la validación de la violencia como método político o el silencio frente a ella. La centroizquierda, en gran medida, guardó silencio. Una oposición leal habría hecho un llamado a calmar los ánimos, sin dejar de reconocer las causas.

Eso no ocurrió, porque el objetivo pasó a ser la caída del presidente. ¿Eso lo observó en toda la oposición? ¿También al expresidente Boric?

En justicia, Boric sí se manifestó en contra de la violencia, aunque fue muy vehemente en sus críticas a Piñera. No ocurrió lo mismo con otros sectores, como el Partido Comunista, con Camila Vallejo, Karol Cariola. ¿Y eso cómo impactó la figura presidencial?

Se produce una deslegitimación total. La figura del presidente pasa a ser vista como un enemigo. En ese contexto, cualquier cosa que dijera o hiciera iba a ser rechazada.

La agenda social del gobierno, que era bastante amplia, queda obsoleta prácticamente en el momento en que se anuncia. La dinámica del conflicto iba escalando. Al anunciar la agenda social, pidió perdón...

Sí, reconoce que no se habían escuchado los malestares. Eso, de alguna manera, tensiona su propio proyecto político, porque valida la idea de la sociedad del malestar que él no comprendía del todo. Pero en ese momento ya no era escuchado.

La figura presidencial estaba completamente deslegitimada y cualquier propuesta iba a ser rechazada. Usted lo define como un hombre economicus, pero en el caso de los retiros tuvo que dejar de lado sus convicciones. Ahí aparece el político.

Aunque estaba en contra, finalmente acata. Eso muestra que Piñera era un demócrata, tenía una cabeza democrática: si las instituciones deciden algo, no queda más que acatar. En cierto sentido, era solo un gobernante.

Los gobernantes modernos son solo gobernantes. Piñera no tenía ansias de una hegemonía que saltara los procesos y las instituciones democráticas. En este sentido, era un gobernante moderno.

¿Cómo gestionó las acusaciones por derechos humanos? Lo ensombrecieron? Era un tema que le preocupaba, porque tenía responsabilidad política.

Lo gestionó dejando actuar a la justicia, sin intervenir. Lo sintió como un fardo muy pesado: que se le pudiera considerar parecido a Pinochet. Me parece que las policías estaban desbordadas y que también hubo falta de profesionalismo; ambas cosas son verdad.

No fue algo que lo paralizara políticamente, pero sí lo marcó. ¿Él tenía ganas de volver? Un triunfo electoral era lo máximo.

Ya había sido dos veces presidente, entonces por qué no una tercera. Era alguien extremadamente competitivo. A Piñera lo defino como el “mono porfiado”: mientras más lo empujas, más vuelve.

Piñera sobrevivió a muchas batallas. ¿Qué perspectiva ve hoy para el piñerismo, que quedó quinto en la última elección? Hoy tiene pocas posibilidades electorales, pero como idea puede reaparecer.

Ante un proyecto que es emergencia solamente, que es la derecha que está ahora en el poder, en algún momento va a tener que dejar de serlo. En algún momento el Presidente Kast va a tener que declarar terminada la emergencia. Y entonces, ¿qué?

Una alternativa es el proyecto piñerista. ¿Cuánto influye su muerte en la evaluación de su figura? Mucho.

La muerte cierra el tiempo histórico y permite mirar con más distancia. Eso no convierte sus virtudes en ficción, pero sí modifica la perspectiva. Desde esa distancia, Piñera aparece como una figura de continuidad de la democracia representativa.

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