23 expulsados y una señal de alarma: cuando el clásico deja de ser fútbol
Lo ocurrido en la fina l del Campeonato Mineiro entre Cruzeiro y Atlético Mineiro no fue solo un escándalo brasileño. Fue una señal de alarma para todo el fútbol sudamericano. El partido terminó con 23 expulsados, nuevo récord en la historia del fútbol brasileño, superando la marca anterior de 22 rojas que databa de 1954.
Todo se desató tras un cruce entre Christian, mediocampista de Cruzeiro, y Everson, arquero de Atlético Mineiro, y derivó en una pelea generalizada con puñetazos, patadas e intervención policial. El dato impresiona, pero el fondo preocupa más. Cuando una final termina con casi dos planteles completos expulsados, el problema ya no es disciplinario.
Es cultural, institucional y competitivo. Desde las ciencias del deporte, este tipo de episodios no se explica solo por “la calentura del momento”. El fútbol de alta presión combina fatiga física, estrés emocional, sobreestimulación ambiental y una fuerte lógica de identidad grupal.
En un clásico, esos factores se multiplican. El cuerpo llega al final con alta activación fisiológica, menor capacidad de control inhibitorio y mayor impulsividad. Eso no justifica la violencia, pero sí ayuda a entender por qué, sin contención institucional ni autocontrol entrenado, una jugada puntual puede transformarse en caos colectivo.
Hay además un componente de contagio conductual. En contextos de alta tensión, la agresión se propaga rápido dentro del grupo. Un empujón deja de ser un incidente individual y se convierte en una reacción en cadena.
Lo ocurrido en Mineirão muestra precisamente eso: una disputa puntual terminó involucrando a titulares, suplentes y cuerpos técnicos. Desde la gestión deportiva, el problema es todavía más profundo. Un clásico así no solo daña la imagen de los clubes.
Daña el producto fútbol. Lo que debía ser una final termina convertido en un video viral de vergüenza mundial. Las marcas pierden valor, la confianza institucional se erosiona y el mensaje hacia los hinchas más jóvenes es devastador: que en el momento límite, el fútbol puede normalizar la violencia como lenguaje competitivo.
Ese es el verdadero riesgo. No se trata solo de sancionar después. Se trata de entender qué tipo de cultura se está reproduciendo.
Porque cuando un árbitro reconoce que no pudo mostrar las tarjetas en el momento “debido al caos”, la escena deja de ser un exceso individual y pasa a ser una falla sistémica. Sudamérica arrastra desde hace décadas una relación ambigua con estos episodios. Se los condena públicamente, pero muchas veces también se los romantiza como parte del folklore, la pasión o el temperamento competitivo.
Ese relato ya no resiste análisis. No hay épica en una batalla campal. No hay garra en una patada voladora.
No hay identidad deportiva en un clásico que necesita a la policía para terminar. Y este punto no es menor para Chile. Nuestro fútbol también conoce de partidos suspendidos, sanciones tardías y escaladas de violencia que terminan afectando a todos.
Lo ocurrido en Brasil debe leerse como advertencia, no como espectáculo ajeno. Porque cuando la lógica del descontrol se instala, los daños no se quedan en la cancha. Saltan al entorno, al público, a la programación, a la convivencia y al futuro del torneo.
La lección es clara. El alto rendimiento no solo entrena fuerza, velocidad o táctica. También debe entrenar regulación emocional, control de impulsos y gestión de conflicto.
Y eso no es discurso blando. Es parte de la competencia moderna. Los planteles, los cuerpos técnicos y las dirigencias que no entienden eso siguen formando futbolistas para el partido, pero no para la presión real del juego.
El clásico mineiro dejó un récord que nadie quería romper. Y quizás por eso mismo debería ser leído con más seriedad que morbo. El fútbol puede tolerar la intensidad.
Lo que no puede seguir tolerando es que, cada cierto tiempo, la intensidad se convierta en violencia masiva sin que cambie nada de fondo.